El dictador atrincherado en su tranque

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Guillermo Cortés Domínguez

El dictador Ortega enderezó todos sus fuegos hacia la desacreditación de la insurrección cívica pacífica que con gran fuerza y vitalidad cuestiona consistentemente a su gobierno desde hace tres meses. Presentó a la resistencia popular como un intento de golpe financiado desde el exterior y no como una justa lucha de amplios sectores del pueblo que se rebelaron contra su mal ejercicio del poder. Este fue su blanco principal. Veremos cinco aspectos más de su discurso en la Plaza de la Fe este 19 de julio conmemorativo del 39 aniversario de la inexistente Revolución Popular Sandinista.

En segundo lugar, Ortega trató de justificar su represión criminal al señalar que la protesta es armada y dio como prueba los nombres de 19 policías muertos. En realidad estos fallecidos van a su cuenta también porque algunos fueron ejecutados por sus propios compañeros de armas, como han denunciado varios familiares, y otros, es lamentable también, perdieron la vida porque fueron mandados por él a reprimir al pueblo.

Algunos estudiantes, campesinos y otros pobladores se defendieron desde barricadas y tranques con morteros y excepcionalmente con armas hechizas o de otro tipo, que no se comparan de ninguna manera con el poder de fuego del ejército mercenario que Ortega creó al margen de la ley, y con su armamento de guerra como fusiles AK-47 y Dragunov, ametralladoras PKM y hasta lanzacohetes antitanque RPG-VII utilizados contra pobladores de Diriamba, Jinotepe y Monimbó.

En tercer lugar, “El Carnicero de El Carmen” se mostró insensible ante el profundo dolor del pueblo pues mencionó los policías muertos pero no hizo siquiera una alusión a los más de 300 universitarios, otros jóvenes y pobladores asesinados por sus escuadrones de la muerte cuando estaban desarmados. Ningún muerto por la dictadura ha quedado con un arma en la mano. Uno de los asesinados con un “arma letal”, en una esquina del barrio Monimbó, tenía entre sus manos frías una tiradora.

Tampoco el tirano tuvo compasión por los cientos de capturados, quizá más de mil. Aunque la mayoría han sido puestos en libertad, ha sido después de vejarlos, de golpearlos y torturarlos de manera terrible, incluso sacándole uñas de los pies y violando a más de diez jovencitas, varias de ellas, de manera múltiple, por un grupo de seis desalmados. Esto es en cuarto lugar. Muchos fueron sacados de sus casas por civiles armados que andaban lista en mano durante las llamadas “operaciones limpieza” que ejecutan los escuadrones de la muerte orteguitas a semejanza de las temibles tropas sanguinarias de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBBI) del somocismo en 1978 y 1979.

Con sus acusaciones de golpismo y de que se trata de una protesta armada, Ortega trató de ocultar que ha pasado a una segunda etapa de la represión, sin abandonar la primera, y que es selectiva, pues comenzó a capturar, torturar y enjuiciar en tribunales bajo su control a líderes populares como el campesino Medardo Mairena, la comerciante del mercado Oriental, Irlanda Jerez y estudiantes de diferentes movimientos universitarios, entre otros. Nunca antes en Nicaragua había ocurrido que durante un juicio fuerzas antimotines ingresaran al despacho judicial y se llevaran a tres jóvenes que estaban siendo procesados. La Juez Indiana Gallardo protestó y días después llegó su  fulminante despido.

No menos importante, aunque lo digamos en quinto lugar, es el irrespeto total de Ortega hacia los obispos católicos, a quienes llamó golpistas y de quienes se burló por sus acciones en búsqueda de la democratización de Nicaragua. “Me leyeron la cartilla”, dijo con soberbia el dictador. Como quién dice, ¿y quiénes son ellos para decirme lo que tengo que hacer? Ni en los años 80 el Frente atacó tan despiadadamente a los jerarcas de la iglesia Católica, de quienes dijo permitieron que las iglesias fueran convertidas en cuarteles con armas.

Todo el venenoso ataque del dictador Ortega persigue deslegitimar a los obispos como mediadores y testigos del Diálogo Nacional, porque estos no se han portado con la docilidad que él exige y más bien han acompañado las demandas populares. Atacar a estos religiosos que han moralizado la resistencia cívica, es también un esfuerzo por deslegitimar la resistencia no violenta de la ciudadanía. Horas antes, uno de los partidos satélites del Frente, el APRE, solicitó un diálogo en el que participaran los “partidos políticos”. Quizá la tiranía intente montar otro diálogo, más a la medida de sus exigencias.

Pero la estratagema de Ortega choca con la autoridad moral, ética y política de los obispos ante el pueblo de Nicaragua y el mundo, pues la resolución de la OEA de condena a la represión y los pronunciamientos en el mismo sentido del secretario general y del alto comisionado para los DDH, de la ONU y de la Unión Europea, explicitan que la única salida es mediante el diálogo y que los obispos católicos deben ser los mediadores y testigos.

Diremos en sexto lugar que el dictador no atacó al gobierno de Estados Unidos ni a la OEA, es decir, no quemó todas sus naves, pues quiso conservar ambas instancias para un momento extremo que ya empieza a considerar pese a sus bravuconadas ante una militancia que necesitaba ser moralizada, que urgía un discurso que justificara el comportamiento asesino de los paramilitares, muchos de los cuales estaban ahí como mansas palomas en la Plaza donde Ortega dio su penoso discurso.

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