La piñata orteguista

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Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Da la casualidad que antes de salir veo que entrevistan a Edén Pastora en la televisión. Me siento un rato, sorbo el café negro y amargo. El Comandante Cero, que no poco perturbó nuestra juventud, defiende tercamente a su examigo, exenemigo, Daniel Ortega. Habla que no se puede reaccionar con violencia para protestar (¿?). Decimos, entonces, que la historia se escribió en vano. Que ese 19 de julio que festejamos hace tanto fue un bluff del tiempo, que debimos haber seguido el camino y la marcha natural de la vida, que los déspotas siguiesen con su voluntad por cuanto quisieran. Fue, entonces, erróneo destripar a Tachito en Asunción, ya que hoy los Ortega, marido y mujer y seguramente hija de ella abusada sexualmente por él, los reemplazan y reeditan de tal forma que hubiese gustado a sus predecesores. Si la izquierda ha enseñado en estos años algo a la derecha es a robar impunemente, a encubrir, mentir, atacar la realidad, nutrirla de falsedades, dorarla, ensombrecerla, según se necesite. La derecha quedó en paños menores ante estos ladrones vitalicios. Que lloran miseria además, que viven –afirman- de sus magros salarios.

Uno, notable por su angurria, en Bolivia, hasta da manzanas a los pobres quitándoles antes un cacho. No se puede dar todo, es verdad, porque la vida paga mal y lo que fue negro se hace blanco y, sobre todo, lo albo se hace oscuro  en América Latina.

Ya lo decía mi padre: no hay peor sujeto que el izquierdista; y ninguno peor que el izquierdista boliviano. Padre nuestro que no estás en los cielos pero que continúas en mí, cuánta razón tenías. Casi que como los hubieras parido, los desnudabas sin recelo y con furia. Siendo que de la derecha no fuiste y nunca lo serás porque no pertenecemos a nadie más que a nosotros mismos.

Ya hubo una repartija, se la conoció en su coyuntura como “la piñata sandinista”. Lo peor, creo, es que los perros hicieron quedar mal a los muertos, les quitaron la gloria de pensar que morían por algo. Si solo era por dinero. Las tumbas se tiñen de púrpura, que viene a ser el color de la lágrima engañada. La piñata no llegó hasta el fondo cavernoso de las tumbas escondidas, hasta el mar donde tiburones y peces devoraron la juventud argentina, para que una puta de mierda, así dicho sin tapujos, la cristinita kirchner (en minúscula) cantara tangos de queja y pesadumbre. Se llenó de oro hasta en el orto. A costa de aquellos muertos.

La piñata es para los ricos. Los adláteres también reciben migajas. Un filme no muy bueno, con un gran actor mexicano, El último comandante, da cuenta del patetismo que fue la revolución (nica en este caso preciso), de la épica convertida en escombro, de la idea en basurero. Al menos Ernesto Cardenal no cantó en vano porque lo escribió. Y ahí lo tienen, peor acosado que con Wojtila, el papa polaco.

Los pusieron de rodillas y les crearon idolillos. El Comandante Cero sugiere que los 29 muertos de las protestas de hace poco en Nicaragua no son tanto así, y duda de la veracidad de las identidades. Como dudan en Bolivia del video del vicepresidente y la manzana. Rebuznan que la derecha amorfa lo editó, que está cortado, no completo, cuando el hecho mínimo del caso ya desvirtúa al jumento de marras de entrada, y su ideología de igual modo. Otra vez, a la mejor manera de Trump: Fake News! Donald podría ser un buen comunista, el mejor.

La nueva clase, en otro video, va en andas sobre un trono arrojando dólares. ¿Esa es la reivindicación de los pueblos indios? ¿Convertirse en amos? De revolución no tiene nada. De tragedia mucho. Lo sabe el sietemesino de Daniel Ortega, nuevo Somoza. Habrá que cargar otra vez los bazookas y disparar. No queda otra. Al menos la sangre se escurre, apenas deja mancha.

Qua suban a los Lexus y a los Mercedes. Que destapen el whisky azul. Siempre habrá una mira por algún lado, que afina y que apunta.

30/04/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 01/05/2018

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