Memes, humor e (in)corrección política

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“Meme” viene del griego mimema: cosa que es imitada. También viene del libro The Selfish Gene (1976) de Richard Dawkins. Dawkins se preguntaba porqué ciertas ideas, de nulo beneficio para quien las sostiene, persisten. En ese contexto, acuñó “meme” como término que transmite la idea de una unidad de imitación para referirse a aquellas cosas que pueden hacer copias exactas de sí mismas y, así, pervivir.1 Esto es, cosas que funcionan, a nivel cultural, como los genes.

Es un origen improbable para lo que mi mente asocia cuando escucha “meme”. Quizá la continuidad entre los memes de Dawkins y los que llegan a mi celular sea solo nominal. En todo caso, lo que aquí pretendo es reflexionar sobre el meme como un dispositivo humorístico y desde una perspectiva política. Quiero pensar el meme de mi teléfono. Y lo haré —cabe advertir— subjetivamente, en grado de tentativa exploración. Un resultado diferente sobre fenómenos cercanos y en aún curso sería difícil.

Me motivan la indignación de un conocido, la batalla en redes sociales, los silencios que reprueban. Estoy cierto que más de una amistad se ha visto desafiada por la acidez del meme. A veces sospecho que se trata de un fenómeno enfatizado en nuestro país, como el albur; pero ciertamente se trata de un fenómeno más amplio, propio de nuestro tiempo.2

Digo que el meme me interesa como modo del humor, esto es: como fenómeno político. Lo cómico siempre remite a la existencia comunitaria: costumbres, variaciones idiomáticas, transiciones generacionales, creencias, sistemas normativos que dictan lo propio y lo contrario. En este sentido, el humor no solo retrata una determinada comunidad; sino que pone en tensión los vínculos comunitarios mismos. Así me interesa el meme: como testimonio del tipo de ente político que somos y como elemento de fricción en nuestra manera de relacionarnos.

Ilustración: JAVAL

La verdad es que, visto comparativamente, lo cómico como que no se estudia. De ahí que suela pasarse de largo ante el hecho de que la comedia y la tragedia griega aparecieron juntas. Ambas fueron poesía lírica: variantes de esa expresión subjetiva que habrían de llevar a la catarsis o purificación del alma del espectador, para emplear el término aristotélico. Pero a diferencia de la tragedia, que mejoraba el alma presentando las pasiones más serias y profundas ante una vida que no presta rienda, la comedia atendía a lo extremadamente malo. Se ocupaba de lo reprobable ridiculizando, criticando, menospreciando. Desde antaño, su camino a la purificación del alma es marcadamente hostil, aunque se transite acompañado de la risa. Sus orígenes son la procesión de un coro que daba libre curso a mofas mordaces y personales y, en su forma más antigua, distinguía con el dedo a algún los espectador. De suerte que desde la antigüedad es patente que el humor demanda sus perdedores: quienes no puedan reír y causen risa; sean personas, objetos, creencias, o costumbres.

El escarnio de la comedia griega era bastante concreto, físico a ratos; irreverente de manera general. Así, a pesar de su origen religioso, la comedia no se contuvo de mofarse de los dioses: la Ilíada, por ejemplo, muestra a los enamorados Ares y Afrodita como objeto de risa popular. Tampoco se detuvo ante los grandes de la política: en Las tracianas, Cratino llamaba a Pericles “Zeus el de la cabeza de cebolla” por razones obvias que solía ocultar el casco. Parece que hay algo muy perenne y muy humano en que la risa la cause el otro. En todo caso, lo innegable es que la comedia hizo risa con todo lo que entraba en el ámbito público: políticos, ideales de educación, formas de interacción, artistas, sofistas y filósofos; el pueblo mismo que aspiraba a autogobernarse. Ponía ante los ojos todo lo que obstaba al mejoramiento de la comunidad: excesos, carencias y desfiguros. De ahí que la comedia fuera fundamentalmente política. Sin embargo, lo fundamental es que el veto no era asunto de instituciones de gobierno o religiosas: como bien apuntó W. Jeager en su clásico sobre la educación griega: “la función censora pertenecía, en Atenas, a la comedia”.3 Y precisa aún más la mente aguda de E. Nicol: era justo el uso público de la palabra, palabra escrita y recitada, audible, el que regulaba la vida de la polis.4 La comedia es poesía eminentemente política, eminentemente democrática.

Por ello extraña que el meme aparezca en tiempos de democracia generalizada.  Me explico: veo los memes como formas del humor básicamente anónimas, como formas de decir y no decir. Se reenvían, circulan, están ahí. Aunque se conozca su remitente, no permiten una imputación clara. “Es un meme” podrá siempre responder a quien se le reclame un pedazo ácido de humor, implicando con ello que el meme no refleja su manera de pensar. Porque ni reír ante el meme ni compartirlo implican aprobación alguna. Implican —eso sí— que su mensaje hace sentido: hay algo de realidad ahí vertida, por reprobable que resulte. Quizá responder “es un meme” no persuada completamente, y tampoco elimine la irritación social; pero la responsabilidad del remitente como que se diluye, se vuelve menos fácil.

Algo distinto sucede con otras formas del humor. Los cartones, por ejemplo, —que se antojan antecesores naturales del meme- comparten el lenguaje con el meme, pero son humor con autor claro. De hecho, la firma de esta sátira visual es bastante significativa. El albur, a su vez, también afirma sin comprometerse —y bastantes memes hay con motivo alburero—. Pero el albur es siempre significado del hablante, generalmente sexual, posible en virtud de la ambigüedad y dependiente de la complicidad del oyente para surtir efecto. Por contraste, el meme es más directo, indiferente a la ambigüedad, resistente a la (im)pericia callejera de su audiencia y no necesariamente sexual. Desde luego que está constreñido por regionalismos, y algo de malicia se requiere para entenderlos; pero pienso que aquella que basta para sobrevivir.

¿Y qué si esta forma anónima del humor aparece en tiempos democráticos? Resulta paradójico que, si bien las formas de autogobierno y de uso público de la voz actualmente gozan de una salud inédita, los nuestros sean tiempos en que casi nada se puede decir sin ofender, de modo que la corrección política ha venido a vetar una buena parte de lo risible. Los profesionales del humor dan amarga cuenta de ello.5 Describo únicamente, sin juicio: es un rasgo de nuestro tiempo que, en aras de tolerar, impera la intolerancia. Volveré al tema más adelante, por ahora basta con apuntar que es esta paradoja la que subyace a la popularidad de meme, pues éste permite burlarse como un mero mensajero, anónimamente, impunemente. Es, por tanto, un modo del humor ideal para tiempos de censura… que son tiempos de democracia.

Reitero: el humor siempre reclama sus perdedores. Y suelen ser ellos quienes reclaman “ahora sí, se rebasaron los límites”. El humor atenta contra el umbral de lo aceptable, desafía los vínculos políticos de la comunidad. Por ello es ineludiblemente fuente de tensión social. A ese respecto, recuerdo la virtual obsesión con la risa y el humor durante el Renacimiento. Vale detenerse en ella porque también suele soslayarse que el humanismo de Petrarca apareció junto al humorismo de Boccaccio; que el refinamiento de Venecia fue el de los carnavales y sus enanos; que la gloria de las cortes como la de Medici fue la de bufones como Scocola.

Reporta Vicente Ordoñez que las carcajadas, burlas, pullas y chanzas del Renacimiento iban dirigidas contra el poder medieval: fuerzas de choque contra una cultura oficial circunspecta, de modos y maneras feudales.6 No eran, por cierto, fuerzas sutiles ni refinadas. Al considerar lo que llamó “el sistema de la comicidad” Renacentista, Peter Burke se concentró en la beffa: un tipo de broma pesada que, amén de buscar placer estético, era “un medio para humillar, avergonzar e incluso destruir socialmente [en] una cultura en la que el honor y la vergüenza eran los principales valores”.7 Y añade: “lo que quiero subrayar es la participación generalizada, al menos de 1350 a 1550 —como bromistas y como víctimas— de príncipes y campesinos, hombres y mujeres, clero y legos, jóvenes y ancianos.8 Hay algo como muy humano, muy perenne en que el humor sea tenso, político, y a costa del otro.

Grecia Clásica y el Renacimiento son dos momentos a los que siempre es grato regresar; pero no vuelvo a ellos solo por eso. En ambos casos de esplendor cultural occidental, el humor, bruto y sin ambages, ocupó un lugar central. En ambos casos se advierte el carácter político del humor, y en ambos éste sucumbió a la presión de dicho entorno: el fin de la democracia en Atenas, la llegada de la Contrarreforma en Italia. Pero, sobre todo, estos periodos me interesan porque en ellos la vida humana se volvió un proyecto. El Hombre de Vitruvio es casi una concreción del oráculo de Délfos conócete a ti mismo.

Estos giros antropocéntricos hicieron de la vida humana una posibilidad y marcaron una ruptura frente a los periodos previos. La pregunta socrática por el modo correcto de vivir, por ejemplo, no puede plantearse si no están a la mano varios tipos de vida. A. MacIntyre ofrece una excelente relación de cómo “bueno” dejó de calificar el cumplimiento de una función social (ser buen guerrero) para convertirse en un concepto útil a la reflexión sobre el modo de vida conveniente a la humanidad en general (i.e. ser buen humano).9 Siglos después, entre 1486 y 1487, Pico della Mirandola, en su Discurso sobre la dignidad del hombre, imaginó que el Creador dijo así al humano: “No te he creado ni celestial ni terrenal, ni mortal, ni inmortal para que, a modo de soberano y responsable artífice de ti mismo, te modeles en la forma que prefieras.10 Vivir humanamente sería, pues, algo a realizar; no efecto de una especie. Los siglos medievales, centrados en la divinidad y sus designios, cedían así ante el humano y su autodeterminación puesta al centro.

El humor importa justo porque la vida humana es una posibilidad: es variada y, sobre todo, variable. Aunque el humor pueda no tener un fin propiamente moralizante, su retrato de lo humano en toda su extensión es una forma de autoconocimiento y de censura necesaria para el mejoramiento de la comunidad política. Hay que poder ver todo de la vida para cambiarla, para proyectarla.

De qué se burlan los memes: de la ignorancia de un presidente, del pelo bicolor del hijo de un gobernante, de la mujer que mintió para irse de fiesta, del hombre claramente ineficaz en cortejar a una mujer, del equipo que no consigue victorias, de la falta de agua, de la gordura, de ideologías políticas, de clases sociales, la desigualdad, la fe, aspiraciones, falsas ideas de sí. En ellos está todo aquello de lo que acaso convendría purificarse: estéticas imperfectas, deslices morales, vanidad, falacias, injusticias. Porque la catarsis aristotélica en realidad no es sino evitar la gordura por ver un gordo. Y así opera con la insensatez de nuestros credos políticos, la fragilidad de nuestras sexualidades, la precariedad de nuestras razones.

Desde luego, no solo el humor ofrece esta mirada. Sirve la crítica, el tratado, el arte serio. Pero el humor se distingue como acto de humildad ante nuestra existencia imperfecta. Sucede que la realidad humana jamás será lo que deseamos. Permanecerán la desigualdad, el abuso, el dogmatismo, la estupidez. Esta aceptación no supone celebrarlas. Repito: la risa no es necesariamente acto de aprobación. De hecho, me atrevería a decir que obedece más a la resignación ante una realidad humana demasiado imperfecta como para tomarse muy en serio a sí misma. Sí: el humano miente, agrede y menosprecia. También ama y hace música. Conviene verlo todo. No es gratuito que los griegos denominaran a la comedia -no a la tragedia- el “espejo de la vida”.

Pero sospecho que nuestro tiempo se esfuerza en no querer ver. Y lo entiendo. Un gran logro de la propagación democrática de los últimos siglos ha sido vencer el silencio. De pronto se puede decir, a toda voz y con audiencia, que no hay un solo ideal estético, que lo mismo vale el negro que el blanco, que la mujer no tiene porqué aceptar que se le toque sin su consentimiento, que la fe es multiforme y opcional, que hay modos no europeos de leer el mundo. Ha sido un proceso literalmente sangriento en algunos casos, paulatino en todos, difícil.

De manera que mi conjetura —la subjetiva y de exploración— es que nuevamente la vida humana se nos presenta como proyecto: lo que por siglos parecía inalterable hoy claramente está sujeto a cambio. Podrá parecer una hipótesis exagerada, pero recuérdese la brutalidad del siglo XX. Hasta hace poco era intocable la distinción entre tipos de humanos, ya sea bajo criterios raciales, de género o aristocráticos. Las creencias morales parecían inmóviles e ineludiblemente cristianas hasta que llegara Nietzsche. La noción de “interpretación”, y su coqueteo con la pluralidad, habría resultado inadmisible para historiadores como O. von Ranke; y filósofos como José Ortega y Gasset advertían alarmados que el relativismo era el tema de nuestro tiempo. El arte de Picasso, Schönberg y Duchamp comenzó hace casi un siglo su divorcio de viejísimos acompañantes, como la mímesis o la belleza. Entonces la desigualdad no era problema. De modo que el conjunto se dibuja claramente: ruptura con vetustas herencias.

Estos cambios conllevan, por fuerza, una reprogramación de nuestro “sistema de la comicidad”. Los perdedores que por siglos habrían estado más o menos claros —indígenas, negros, mujeres, gais, etc.— ya no se resignan a ser objeto de risa. Desafortunadamente, la reprogramación nunca es súbita ni sutil. Su denuncia hace repugnantes todas esas realidades. Por ello entiendo que, en aras de tolerar, hoy impere la intolerancia; que en tiempos de alzar la voz florezca un modo del humor que dice sin decir.

El meme es un dispositivo humorístico muy propio de nuestro tiempo: es un símbolo de nuestra intolerancia y de nuestra resistencia a la intolerancia. Porque desde antaño el humor nos ha mostrado lo peor de nosotros y ha causado tensión social; pero es ahora que se le censura. Quizá aún estemos demasiado sensibles a ciertas realidades como para reír de ellas; pero quizá suceda que no queremos ver los perfiles feos de nuestro ser… y aparece el meme, diciendo sin decir, tensando anónimamente, revelando que, aun ante la censura, conviene reconciliarnos con toda nuestra imperfección.

 

Andrés Pola
Filósofo (UNAM), Maestro en ciencia política (El Colegio de México) y en historia económica (London School of Economics). Autor de La banca paradójica (CEEY, 2014).

1 Ver aquí y acá para mayor claridad.

2 Justo al redactar este texto, la revista inglesa The Economist publicó una nota titulada “Seize the memes: Teenagers are rewriting the rules of the news” (18/12/19).

3 Jeager, Werner (1962). Paideia: los ideales de la cultura griega, Fondo de Cultura Económica, México, p. 331.

4 Nicol, Eduardo (1977). La idea del hombre, FCE, México.

5 El más reciente escándalo ocurre mientras redacto: un comediante de la costa osó hacer del presidente objeto de risa durante su presentación en Acapulco. Las redes sociales no tardaron en atacarlo y censurar su atrevimiento. 

6 Ordoñez, Vicente (2018). “Del neoplatonismo a Marsilio Ficino: Reactualización del humanismo a través de la risa”, Cuadernos Salmantinos de Filosofía, Vol. 45 p. 52.

7 Burke, Peter (2000). Formas de Historia Cultural, Alianza Editorial, Madrid, p.117.

8 Ibid p. 120.

9 MacIntyre, Alasdair (1976). Historia de la ética, Paidós, España.

10 Hay múltiples ediciones.

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