Baja el telón

Decía Vittorio Gassman que: El teatro no se hace para contar las cosas, sino para cambiarlas. Realmente que César Meléndez quería cambiar la realidad entre Nicaragua y Costa Rica, dando cara a la Nicaragua inmigrante que busca el sur para tener algo que ofrecer a sus hijas e hijos, algo que llevarse a la boca, algo con que vestirse, la Nicaragua que cruza fronteras imaginarias y sufre en el trayecto la pérdida de una hija ahogada en el San Juan, que la abraza contra su pecho, llora, se desespera, la deja ir por la corriente con el corazón en la mano, El Nica que llega a esa Costa Rica que no lo comprende o no lo quiere comprender. No todos los Ticos son así y me consta más que de sobra.

César Meléndez ese actor y músico que nació en el Barrio El Riguero de Managua y tuve que marchar a Costa Rica con sus padres con tan solo 4 años, no quiso irse solo a sus 51 y, esta vez volvió a viajar pero acompañado por la nebulosa de David Bowie, la alegría de Juan Gabriel, la rudeza y energía de Mohammed Alí, quizás para orbitar el espacio secreto de John Glenn. Bien acompañado vas César.

Fue en 2010 cuando El Nica estremeció mi vida, cuando las lágrimas de un actor me achicaron el corazón, esa noche César se metió tanto en el personaje que después de que bajará el telón y le cantaron el feliz cumpleaños él todavía estaba emocionado y no podía contener las lágrimas porque acaba de encarnar una de las tragedias humanas que hoy se vuelve cotidiana por la frivolidad de los medios de comunicación y el cuero duro de los humanos. Hoy ya no solo son nicas, también los hay Haitianos y del Congo a orillas del mismo San Juan.

Ese Nica que se llamaba José Mejía Espinoza, que dormía sobre cajillas de gaseosa, que tenía por cobija unos trapos remendados, ese ser humano desarraigado con sus recortes de periódico pegados en las paredes, con su mesa vieja con su único amigo el crucifijo de madera, ese hombre humillado que en el último acto reproduce un gesto de amor hacia los dos países que en los que vive, esas dos banderas rodeando su cuello, dos banderas entrelazadas, que le unen y le aprietan.

Siempre me voy a lamentar el no haber llevado a mi papá a ver esta obra.

El Nica le reprochaba al crucificado de madera y era la viva imagen de la obra Mi Cristo Roto de Ramón Cue, hablaba con esa tosca imagen, le contaba sus planes, le besaba, creía en él, se enojaba, le gritaba, pedía perdón, quizás eran síntomas de una neurosis mística. Hoy tal vez los dos puedan volver a conversar cara a cara.

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