En Nicaragua ¡mi familia no tiene los mismos derechos!

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Por Marvin Mayorga. Recopilación de historias de integrantes de la IDSDH Conocí a Carlos en la boda de mi hermano menor, quien se casó joven según mis padres, a los 24 años. Yo tengo 35 y no me he casado... Estos ocho años de relación de pareja han sido súper; sin embargo ya saben que los primeros son los mejores. Íbamos al cine, no nos perdíamos una fiesta y nos encantaba ir al mar. A los dos años de andar juntos, le conté a mi jefa de mi relación, se puso alegre, ya que me ve como un hijo. Ella y mi mamá eran amigas desde niñas, cuando vivían en Niquinohomo. En mi trabajo conocen a mi pareja, aunque no a todo el mundo le caemos bien. Las amigas del trabajo de él nos invitan a sus purísimas, de vez en cuando a una piñata y de fijo cuando vamos a la playa, ya que llevamos música de todo tipo. No crean que todo es alegría. El gerente de la empresa donde trabajaba Carlos, nos encontró en Metrocentro, almorzábamos, y nos vio con mala cara, él andaba con su familia, nosotros éramos un grupo de gays “con todas las plumas del mundo”. Como a los 15 días despidieron a Carlos por “recorte de personal”. Fue el año pasado, cuando estaba en las noticias el “matrimonio gay”. Nosotros realmente nunca hemos pensado en casarnos. Creemos que un papel no determina nuestro amor, pero vemos que hay derechos que las parejas heterosexuales tienen, que no tenemos. Por ejemplo, cuando me enfermé de dengue, él no me podía cuidar en el hospital. Para el personal del centro, Carlos no era de mi “familia directa”. Si hubiéramos sido heterosexuales con cinco años de relación, no hubiese sido problema que se quedara a cuidarme. Actualmente vivimos en la casa de mis padres. Como no podemos “legalizar” nuestra relación, no somos sujetos de crédito en los bancos y adquirir casa nueva, que es nuestro proyecto hace cuatro años, cuando murieron Lidia y Ernesto -hermana y cuñado de Carlos- en un accidente y “nos dejaron” a Jorge de cuatro meses. Carlos y yo éramos los padrinos de Jorge, quien ya está en preescolar y nos dice “tíos”. Jorge le dice abuelo a mi papá… ya saben cómo son los niños… En el colegio los otros chavalitos le han dicho que sus papas son “cochones”. Un día me llamaron para decirme que mejor nos lleváramos al niño a otro lugar porque “era mejor para Jorge”. Contesté diciendo que el colegio debe velar por el interés superior del niño, y que la maestra debía poner alto a los comentarios. Ella es apoyada por el director, quien dijo que el niño convive con pecadores. Que si no nos llevábamos a Jorge podían denunciarnos por exhibir conductas indecentes al niño, ya que somos homosexuales. Tuvimos que sacar a Jorge de la escuela y no sabemos cómo explicarle los motivos. Ha sido un calvario. Esto no pasara si nuestra relación fuera legalmente aceptada y el Ministerio de Educación promoviera que en los centros educativos no exista discriminación. Otro “estira y encoge” es en el Centro de Salud. Con la atención en pediatría, que si soy su papá, que por qué lo llevo si no lleva mis apellidos. Vale más que la actual directora es colega de una amiga mía y ya no nos ponen tantos peros para las consultas. Sin embargo lo llevo por las tardes, ya que la directora dice que es mejor “cuando no haya mucha gente”… A veces hemos pensado que viviríamos mejor fuera del país, donde existan leyes que garanticen derechos iguales para nosotros. Al mismo, tiempo decimos que no, que más bien debemos exigir que en Nicaragua se respeten nuestros derechos. Por ello vamos los tres a las marchas del orgullo en junio. Cuando Jorge estaba chiquito lo llevamos varias veces a los plantones, pero sobre todo hoy, que no tenemos aceptación como familia en el Código de Familia que será aprobado. Nos da más coraje, nos indigna saber que nuestra familia no es familia para diputados y diputadas que no saben nada del amor entre hombres, o entre mujeres. A los parlamentarios y parlamentarias de la Asamblea Nacional, estos tres ciudadanos nicaragüenses: Carlos, Juan y Jorge les exigimos respeten nuestro derecho a ser reconocidos legalmente como familia.

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