Mujeres feministas durante una protesta en la UCA
Isayara López / Onda Local

Feministas nicaragüenses en la sociedad denominada “Azul y Blanco”

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Primera imagen: Revolución nicaragüense, los derechos de las mujeres deben esperar otros tiempos.

Desde muy temprano crecí dentro de movimientos sociales que se adjudicaban la defensa de derechos humanos, derechos de los pobres, de las madres de los héroes y mártires, movimientos que se declaraban de izquierda política, movimientos que, en los años 90, eran el brazo social de lo que había sido el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN. Concretamente tuve acercamiento con la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza, AMNLAE, en algunos de los cursos de formación que tomé se abordaba la cuestión de género como la distinción entre roles de hombres y mujeres en el hogar.

Fue hasta la edad de 15 años cuando me acerqué al Movimiento Feminista, el acercamiento fue con líderes mujeres que venían de la Revolución Sandinista y que habían hecho rupturas con el liderazgo institucional (mayoritariamente masculino) del FSLN.

En el proceso de compartir sus memorias, las mujeres feministas han manifestado que el FSLN no incluyó en la gran agenda sandinista de los años 80 algunos de los derechos que esas mujeres en contexto habían demandado, pero tal ruptura fue abiertamente planteada en la década de los 90, no durante la época revolucionaria.

Así crecí, sabiendo que había mujeres que se habían quedado en las filas sandinistas, dónde los derechos de las mujeres era un concepto abstracto, poco tocable, donde “a las mujeres no se les golpea” era quizás el máximo lema de reivindicación, pero sin mencionar al agresor o la relación de poder y mucho menos, las graves violaciones que los hombres revolucionarios cometían contra las mujeres revolucionarias y contra otras en general. Por otro lado, sabiendo que algunas mujeres habían hecho rupturas con el FSLN, cuando descubrieron que su condición de mujeres las colocaba en la periferia de la igualdad que tanto se había promovido en la revolución.

Pero a esta imagen, quisiera agregarle otro elemento, ser mujer en tiempos de la Revolución.

Las madres de los caídos y las revolucionarias, estéticamente eran distintas, las primeras hacían alusión al sufrimiento, a la pérdida, al desconsuelo de perder a un hijo en la guerra civil que se dio entre 1980 y 1990 y que dejó a 29,000 víctimas mortales (Agudelo, 2017), aunque ser parte del “Servicio Militar Patriótico” era un mandato de ley, no hubo un movimiento de madres que reclamasen la barbarie de obligar a toda una generación de hombres a participar de una guerra que no habían elegido, la posición de las madres más bien fue de la de sufrimiento y dolor, la figura de la madre que ha sacrificado a su hijo, le daba sentido de Patria a aquella guerra.

Esto implicó que las mujeres que perdieron hijos e hijas por parte del ejército contrarrevolucionario, no fuesen reconocidas como madres mártires, lo que lleva a pensar que hubo maternidades y duelos que importaron y otros que fueron negados.

El segundo grupo de mujeres, las revolucionarias y contrarrevolucionarias, estaban bañadas por una estética masculinizada, no solamente trata del aspecto físico, se esperaba que ellas tuvieran una metamorfosis que las llevara a emular lo masculino, esto es congruente con varios estudios que han demostrado que las mujeres que se sumergen en espacios de guerra, para “estar” deben hacerlo desde la mayor cercanía de lo masculino; vestuario, tono de voz, agenda conversacional, supresión de emociones asociadas a lo femenino, Elizabeth Jelin reflexionando sobre género y memoria encuentra que “tanto dentro de la guerrilla como de la resistencia a la dictadura surgieron mujeres como sujetos políticos activos, aunque muchas veces su actuación implicó un proceso de masculinización para poder legitimarse” (Jelin, Los trabajos de la memoria, 2012, pág. 142), basta googlear “mujer*revolución*Nicaragua” para ver imágenes de mujeres vestidas y con actitud militar, incluso hasta dar el pecho implicaba no abandonar el rifle.

Segunda imagen: denunciamos aquí y ahora toda expresión machista, provenga del rojinegro o azuliblanco.

Llegó la rebelión de abril, si tendría que resumir este evento-aun no resuelto- podría decir que, aquel ente revolucionario FSLN que perdió el poder en 1990 y que gracias a sus cambios internos (Puig, 2009), llegó nuevamente al poder siendo altamente cuestionado en términos éticos y legales en el 2006,  en el 2018, lanzó un ataque desproporcionado a una protesta social que ha dejado a más de 400 asesinados, 1500 presos políticos y 100,000 exiliados. El ataque de policías, parapolicías con recursos del Estado ha sido nombrado por organismos internacionales de derechos humanos como crímenes de lesa humanidad. (CIDH, 2018).

Las feministas adultas que en su mayoría provienen en sus orígenes por la lucha revolucionaria, dicen conocer el proceder del atacante, y manifiestan con mucha claridad la denuncia de violación de derechos humanos, pero esta voz autorizada para nombrar la violencia, se ve interrumpida por otra voz que reclama presencia, la de feministas jóvenes, quienes son una generación a la que se le ha trasmitido de diversas maneras las memorias sociales de la época revolucionaria, quienes en gran parte son nativas de la tecnología, y que han agregado temas a la gran agenda feminista.

En el año 2018, en pleno ataque del gobierno- se formó un grupo de telegram (al que yo pertenecía), estábamos muchas mujeres feministas de toda Nicaragua comunicadas frente al ataque de la dictadura, una feminista adulta manda un mensaje “faltaba más que yo pidiera permiso”, este mensaje es en respuesta al reclamo de no haber consultado con las jóvenes los dos comunicados que ya habían salido en nombre del Movimiento.  Este comentario genera que la mayoría de las mujeres jóvenes protesten por la institucionalidad sin consulta de un liderazgo que por el hecho de trayectoria asociada a adultez se adjudican varias compañeras, las jóvenes se retiran del grupo de telegram y conforman un nuevo grupo al que llaman Las Malcriadas, este grupo ha funcionado como colectivo y ha sido líder de varias campañas por los derechos de mujeres jóvenes.

El nombre que suscriben obedece a una forma de reivindicar lo que a lo interno de las células familiares los adultos nombran como “malcriados” para hacer referencia a conductas berrinchudas o infantiles de niños o niñas. “Ser malcriado” es una posición del  sujeto adulto por encima del sujeto niño, niña.

¿Quién o quiénes construían la narrativa dentro del Movimiento Femnista y esta puede funcionar sin la voz de las mujeres jóvenes?, las mujeres jóvenes feministas desafiaron en ese momento lo que se conocía como la autoridad feminista, y este evento interno potenció al propio Movimiento, surgieron varios espacios de diálogo y de activismo, surgen voces múltiples, lejos de debilitarlo, lo potenció en muchas maneras, las feministas se hicieron cargo de sus propias demandas y crecieron. Las adultas y jóvenes se siguen respetado, se siguen articulando y co creando como movimiento. Pero hay otras rupturas que mujeres jóvenes feministas han hecho en el marco de la violación de derechos humanos y que trasciende al propio Movimiento Feminista.

Estas mujeres jóvenes junto a las adultas han colocado como agenda prioritaria el debate de la violencia machista cometida la proviene de ciudadanos que se auto reconocen como “Azul y Blanco” que es la identidad social asumida para decir que están contra el gobierno de Ortega y Murillo.

Las mujeres jóvenes feministas plantean la idea de que “no vamos a esperar otros tiempos para denunciar, denunciamos aquí y ahora toda expresión machista que se nos plante por delante sea rojo y negro o azul y blanco”, este mensaje es en alusión a que los derechos de las mujeres en los años 70 y 80 fueron postergados por la agenda revolucionaria, aduciendo que “habría otros tiempos para hablar de eso”, tiempo que nunca llegó y que motivó el retiro masivo de muchas revolucionarias para construir sus propios espacios, lo que terminó siendo la génesis del movimiento feminista en Nicaragua.

Tercera imagen: difusa, pero en disputa.

La identidad “Azul y Blanco” es una marca construida para identificar a todo ciudadano, ciudadana que se declara contra el gobierno de Ortega y Murillo. Esta marca aglutina una lucha; lograr que Ortega y Murillo se retiren del poder y reestructurar al Estado nicaragüense.

Pero esta reivindicación de justicia, libertad y democracia tiene severas limitaciones, pareciera que no incluye la agenda de las feministas, aunque estas últimas (todas sus generaciones) son las que han enfrentado en primera línea a Ortega y Murillo desde que Daniel Ortega fue acusado de violación por parte de su hijastra, Zoilamérica Ortega.

El discurso familista, conservador, anti feminista, religioso que presenta la dictadura de Ortega y Murillo no tiene nada de nuevo, de hecho, estos discursos fueron instrumentos de muchas dictaduras en América del sur (Jelin, 2012, pág. 134), ahora mismo este discurso tiene un delicado hilo común entre el orteguismo y el anti orteguismo. Pareciera que este grupo de mujeres es muy incómodo para ambos grupos, ahí la idea de “todos contra Ortega” o “la nueva Nicaragua” tiene zonas con mucha neblina, que no permite ver los cimientos de la nueva sociedad que tanto aparece en las practicas discursivas desde la Rebelión de Abril.

¿Cuál es la agenda que incomoda tanto a los Orteguistas y a una parte significativa de la sociedad Azul y Blanco?, despenalización del aborto terapéutico, respeto y derechos para la comunidad LGBTIQ, denuncia de prácticas machistas (las conocidas y las provocadas en el ciber espacio), derechos sexuales y reproductivos, atención a femicidios y violencia sexual, en realidad es la agenda histórica del movimiento feminista nicaragüense y del feminismo entero.

Las feministas nicaragüenses, haciendo procesos de memoria intergeneracional han resignificado patria, militancia, derechos, ciudadanía, pareciera ser uno de los pocos movimientos que toma fuerza de su pasado mismo, construye una agenda amplia que incluye los temas socializados en el mundo de las mujeres, pero agregan nuevas reivindicaciones locales, los significantes sobre líder, poder, racismo, Estado, coalición, violencia, derechos humanos, tecnología, memoria.

Este movimiento y sus múltiples generaciones, corrientes, enfoques y estrategias, diría que es de los únicos que piensa que derechos humanos, justicia transicional y género debe incluir obligatoriamente los derechos amplios de todas las mujeres. Es este grupo el que incluye en su narrativa justicia para todas las mujeres que han sufrido violencia machista, violencia estatal, incluso, agregan como demanda de justicia para todas las mujeres violentadas dentro del grupo del orteguismo.

¿Cuáles son las nuevas luchas o agendas con las que este movimiento tendrá que lidiar en tiempos de justicia transicional?, aun no lo sabemos, pero en sus discursos nos dejan ver que hay derechos que no piensan “volver a postergar o negociar”, y que la identidad de “militante” es una identidad de género (Jelin, 2017, pág. 239) que no piensan asumir por encima de su agenda de derechos, las mujeres nicaragüenses que integran este movimiento –adultas o jóvenes, del pacífico o de la costa caribe, cis o trans- tratan de sobrevivir, salvaguardar la vida, la alegría, la risa, disfrutar del sexo, de la amistad, de sanar y acompañar, de denunciar toda expresión de “situación límite” que les atraviese el cuerpo, (Jelin, 2017, pág. 225), de pintarse el pico de rojo, de seguir siendo mujeres resignificadas sin la histórica atadura de la lucha masculinizada.

Sin duda, estas son nuevas prácticas de resistencia en tiempo de dictadura que debemos valorar como grandes avances en nuestra sociedad, no ver, no reconocer o negar a las feministas es estar más cerca del discurso de la dictadura que de la nueva Nicaragua.

Bibliografía

Agudelo, I. (2017). Contramemorias. Discursos e imágenes sobre/desde La Contra, Nicaragua 1979-1989. Managua: IHNCA.

CIDH, C. I. (2018). Graves violaciones a los derechos humanos en el marco de las protestas sociales en Nicaragua. Managua.

Jelin, E. (2012). Los trabajos de la memoria. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Jelin, E. (2017). La lucha por el pasado. Buenos Aires: Siglo XXI.

Puig, S. M. (2009). Mutaciones orgánicas, adaptación y desintitucionalización partidaria. Revista de Estudios Políticos (nueva época), 101-128.

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