Acta de defunción
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Mi madre murió de coronavirus aunque no aparezca en el acta de defunción

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“Un día desperté, me dolía la cabeza, pensé que era uno de mis achaques de vejez, tengo 73 años, creo que todos en casa lo vieron normal, incluyéndome. A los días ya me dolía el cuerpo, pero también tengo artritis, entonces pensé que tomando la pastilla de siempre, el dolor no lo sentiría…”, contó Lucía unos días antes de ser internada en el hospital. 

"Pasaron los días y noté que le faltaba el apetito, no quería comer, insistía con que le dolía la cabeza, el cuerpo y ahora comenzaba a dolerle la garganta; me asusté y le tomé la temperatura, estaba bien; hablamos con un médico y nos dijo que debía reposar, que tomara el antibiótico de siempre, quizá podría ser indicios de gripe, una gripe que para su edad debía ser observada con cautela por la Covid-19", cuenta Martín su hijo mayor.

Nadie le avisó a Martín que serían los últimos días que la tendría en casa. El 24 de mayo se desvaneció, la llevaron al hospital, había tenido un bajón de presión, en emergencia, le dijeron que debía dejarla en observación porque necesitaba oxígeno, aseguraron que al día siguiente la darían de alta.

Pero no fue así, a Martín no lo dejaron entrar, las políticas del hospital es que ningún paciente debía estar acompañado, por la crisis sanitaria que atravesamos. Esa noche, casi no durmió. Fue a solicitar información y dijeron que se quedaría interna por cuatro días más, “me eché a llorar porque no había hablado con ella, quería decirle que la amaba y que todo estaría bien”, recuerda con mucho dolor.  

Martín todavía no lo cree, no sabe cómo se contagió. Nadie salía a la calle desde que se confirmó el primer caso de coronavirus en el país dice un tanto confundido, habían decidido tomar las medidas sanitarias para cuidar la salud de la familia, especialmente de Lucía, estaban informados de que en Masaya, Managua y Chinandega habían aumentado los casos y entierros express a causa de la Covid-19, nunca pensó que su familia sería la siguiente. 

Lograron verla unas dos o tres veces, al inicio “no me reconoció por el traje protector que llevaba puesto”. Martín sentía que los minutos eran horas dentro del hospital y que cada día  la salud de Lucía se deterioraba, al día le administraban cuatro tanques de oxígeno de los grandes, le dolía todo su cuerpo, se quejaba, sufría, su tratamiento según los doctores era casi parecido al de una persona con cáncer.

Los médicos le explicaban a Martín que la condición de salud de su mamá  no tenía retorno, "aunque nunca me dijeron claramente que tenía Coronavirus, comentaron que presentaba una afectación en sus pulmones, esto hizo que uno de ellos estuviese trabajando en un 6%. No comía, le costaba hablar, respirar, se cansaba mucho y algunas veces se escapaba de ahogar", asegura.

Resignados Martín y su familia se alistaron para lo peor. Lucía falleció. No estaban listos para su partida, nadie parece estarlo. Asegura que nunca le hicieron la prueba de Coronavirus, pero con los síntomas y el estado en el que se encontraba saben que no murió de Insuficiencia Respiratoria por “Neumonía atípica severa” como lo refleja el acta de defunción, murió de Coronavirus.

En el pueblo las personas tienen miedo, porque muchas de las familias sufren en silencio, los afectados se cuidan en casa, el oxígeno se busca como agua de mayo, las farmacias están abarrotadas de productos con los que normalmente se puede tratar una gripe común y los precios están por las nubes, las filas para atención médica en centros privados o públicos han disminuido, hay soledad en las calles, en los parques, temor, el luto y el dolor de perder a un ser querido frente a la pandemia, está latente en cada paso.

Las cifras aumentan día a día. El Observatorio Ciudadano de Covid-19 hasta el 17 de junio, registra un acumulado de 5.957 casos y 1.688 muertes, de las cuales 127 se categorizan como muertes por neumonía y 1.561 como muertes sospechosas por Coronavirus

Al caer la tarde el bullicio que había en el pueblo ha desaparecido, nada volverá a ser igual,  parece una ciudad fantasma, casas e iglesias cerradas, comercio limitado y adaptado a nuevos horarios, emprendimientos con servicio a domicilio como opción para quienes no desean salir a realizar sus compras. El virus se encuentra en la fase de transmisión comunitaria, aunque las autoridades no lo quieren aceptar. 

“La señora….ha fallecido, sus funerales se realizarán este martes a las 2 de la tarde, los que saldrán del Cuerpo de Bomberos 3c. abajo, familiares agradecen su presencia y oraciones, que descanse en paz”, es la barata del pueblo,  la misma que desde hace días recorre las calles, avisando el fallecimiento de una persona, en las últimas semanas no se escucha con frecuencia, y no sé si es un respiro. 

A las diez de la mañana las campanas del cementerio avisan la llegada de un féretro, sin flores, pocas personas, los vecinos murmuran que murió de Coronavirus, la caja es diferente a las comunes, más gruesa, sin finos detalles, está sellada y los pocos que acompañan caminan con cierta distancia entre sí. Nadie parecía estar dispuesto a transportar el féretro, finalmente  agilizan el paso y se pierden en el camino de tumbas.

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