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Analistas dicen que Ortega y Murillo huelen a miedo y derrota

Onda Local y Voces en Libertad

Foto: El 19 Digital / Medio Oficial del Gobierno

Este es su vocabulario de perdedores: Del “ya dejen de joder” a los “hijos de perra”. El dictador no esperó que los autoconvocados sin liderazgo y bajo represión hirieran de muerte a su régimen con la abstención.

De los más de 31 epítetos que Rosario Murillo y Daniel Ortega han utilizado para atacar a los opositores desde el estallido social de 2018, llamar a los presos políticos “hijos de perra” ha sido el calificativo más hiriente. La noche que Ortega lo gritó en cadena nacional, un día después de sus votaciones, la madre de uno de los detenidos cumplía 51 días de fallecida. 

“Fue horrible lo que dijo”, se lamenta una pariente de Max Jérez, el universitario que este 15 de noviembre cumplió 133 días en las cárceles del régimen. La madre de Jérez, doña Heidi Meza se llevó a la tumba el deseo de ver a su hijo en libertad. Tenía 66 años.  “Los familiares de los presos políticos repudiamos lo que dijo (Ortega) y claro que es para nosotros doloroso, porque la madre de Max falleció y es un insulto a su memoria”, agrega la familiar.  

Pero ¿qué causó tanta rabia en Ortega? Victoria Cárdenas, esposa del preso político Juan Sebastián Chamorro lo resume en dos palabras: “Miedo y derrota”.  “Él supo el domingo (día de las votaciones) que los nicaragüenses no lo queremos y más de 40 países lo rechazan también”, argumenta. 

Cárdenas, no es la única que percibe derrota en las ofensas de Ortega.  “Ortega sabe que no ganó ninguna elección, más bien sufrió una derrota política”, advierte el analista Oscar René Vargas. El especialista considera también que fue difícil para el dictador, “tomar conciencia que la sociedad autoconvocada sin liderazgo, es capaz de resistir y más aún, lo pudo golpear políticamente” con la abstención. 

Diccionario ofensivo con muchas páginas  

Antes de abril de 2018, Rosario Murillo en su calidad de vocera del gobierno consumía entre 20 y 35 minutos de tiempo-aire en informativos diarios que transmitía en sus canales de televisión, en los que hablaba de amor y una fe cristiana incompatible con lo que el sandinismo profesó en los primeros años de la revolución. Muchos, hasta creyeron en la repentina conversión de la pareja, una idea que se reforzó con la declaración de ser un gobierno “cristiano, socialista y solidario”.

Pero, después de las protestas algo cambió.  En ese mismo año, Murillo comenzó a atacar a sus adversarios de forma feroz.  Para noviembre de 2018 empezó a llamarlos “puchitos” en un intento de hacer creer que quienes se les oponían eran una minoría. Sus seguidores pusieron de moda el término rápidamente. El fracaso por acallar la rebelión la llevó a elevar el tono de la ofensa, condimentada con la molestia que le causó, saberse sancionada por los Estados Unidos el 27 de noviembre de ese año por ordenar represión y muerte a quienes se rebelaron.

“Ha sido una escalada peligrosa”, señala al respecto la exiliada nicaragüense Haydee Castillo.  Para la activista de derechos humanos, la pareja promueve “la violencia y el terrorismo de Estado” con ese tipo de lenguaje.  “Esto puede resultar en que cualquiera de sus fanáticos se tome en serio lo que dicen y se deteriore más el tejido social comunitario. Cuando hay un liderazgo que promueve el odio, la violencia y la revancha, esos comportamientos se repiten en la sociedad”, advierte. 

Castillo parece tener razón cuando dice que ha sido una escalada. A los pocos días del levantamiento cívico, Murillo llamó a sus opositores “vandálicos”, “chupasangre” y “terroristas”, le acuñó el término “delincuentes”, “minúsculos”, “chingastes”, “tóxicos” y los redujo de tamaño al considerarlos “seres pequeños”. Pero, sus críticos no lo tomaron como ella esperaba y en vez de bajar el tono de la resistencia, convirtieron las ofensas en letras de canciones como el tema “Vandálicos de corazón”, un casi obligado himno de las manifestaciones contra su gobierno. Murillo estallaría con eso y terminó por convertir sus alocuciones diarias en largas letanías de ataques verbales. 

Así la consorte del otrora comandante sandinista, una vez era una voz que predicaba la palabra de Dios hasta leer Salmos completos y en otras ocasiones se convertía en una airada que descalificaba a diestra y siniestra. Llamó a sus opositores “plaga de Egipto” y “personajes satánicos”. Para abril del 2019, al cumplirse un año de las protestas sociales, la esposa de Ortega empezó a combinar sus mensajes de “amor y fe” con ofensas a veces extrañas. Para octubre por ejemplo, les llamó “comejenes”, “hongos”,  “insectos”, “bacterias” y “plagas”.

El tono sedativo desapareció por completo. Murillo empezó a oírse airada. Les dijo “serviles”, los elevó a “sicarios”, “ambiciosos”, “destructores”, “racistas” y “lobos repugnantes”.  Amplió su diccionario de ofensas a medios de comunicación a quienes catalogó de “fabricantes de mentiras” y al clero de la Iglesia Católica como “manipuladores de la palabra de Dios”. Para entonces, la vocera oficial del gobierno, se declaró en un permanente monólogo de guerra.   

De las ofensas a la amenaza 

Un año más tarde, el 12 de diciembre de 2019, la voz de gobierno que de lunes a viernes habla a mediodía en cinco canales de señal abierta, varias radios y decenas de plataformas para ese fin, usó un tono distinto. Se le oyó más agitada, más molesta y amenazadora. “¡Ya dejen de joder°”, gritó furibunda al aire con un inusual vocabulario, al menos usado en público. “Qué quiere el pueblo paz, que quiere el pueblo trabajo, que quiere el pueblo seguridad, ya dejen de joder dice la gente, ya dejen de joder decimos todos, déjennos en paz”, exigió. 

Hacía apenas unas horas de ese día, el Departamento de Estado de Estados Unidos vinculó a su hijo mayor, Rafael Ortega al lavado de dinero y apoyo a la corrupción, por lo que se encontraba sancionado a partir de ese momento por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC). “Rafael Ortega es un administrador de dinero clave para la familia Ortega, junto con la vicepresidenta de Nicaragua y primera dama Rosario Murillo de Ortega”, decía parte del comunicado oficial de ese país. 

Murillo no pudo contenerse. Despotricó y fuerte. Amenazó a quienes según ella pedían sanciones. Acusó a Juan Sebastián Chamorro de ser uno de los responsables. Lo llamó “cobarde”, “vende patria” y “ridículo”. Dijo que ni forma tenía en una ofensa que solo ella pudo entender. Cárdenas señala que esos calificativos no son compatibles con gente como su esposo y más de 150 personas presas por no pensar cómo piensa el régimen. 

 “Nosotros rechazamos todo lo que han dicho porque (los presos políticos) son hijos de Nicaragua, han luchado estos tres años por Nicaragua y por su libertad”, replicó Castillo al ser consultada para este reportaje. 

“Ellos (Ortega y Murillo) saben que el mundo les dio la espalda, que los nicaragüenses ya no los quieren más decidiendo por su país”, agrega Manuel Orozco, director de Migración, Remesas y Desarrollo, de Diálogo Inter-Americano. A criterio de Orozco la escala se explica en un rencor de la pareja contra el sentimiento democrático. “Eso ha venido creciendo, como ha crecido también la demanda de que dejen de gobernar por la fuerza”, señaló. 

Fuera de control 

Pero, Max no es el único preso político que perdió a su madre en prisión. José Adán Aguerri, el ex presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) y quien cumplió 155 días de presidio este miércoles último, tampoco pudo acompañar a su madre en sus últimos momentos de vida. Cuando Ortega ofendió la memoria doña Hilda Chamorro de Aguerri tenía apenas 29 días de haber fallecido.   “Son expresiones desentonadas, lejos de la investidura de un presidente”, criticó la familiar de Jérez. 

Para el opositor Luis Fley, “fue vulgar, sucio”.  “Es un vocabulario que avergüenza a los nicaragüenses. Eso no nos representa”, asegura. Fley igual que Oscar René Vargas y Victoria Cárdenas ven en el dicho de Ortega una clara expresión de derrota. “Estaba sufrido, fue derrotado por un pueblo que no votó por él”, aseguró el político que por años combatió al sandinismo durante la guerra de los años 80. 

Este año la furia de los Ortega-Murillo se desató. Apresó a todos los que amenazaron disputarle el poder en las urnas, confiscó organismos no estatales y decapitó partidos. A la par dejó caer su lenguaje a su punto más bajo. “Esas han sido sus herramientas, el acoso, el miedo, la intimidación y su aparato represivo”, crítica Sophia Lacayo, ex comisionada de la ciudad de Sweetwater y una líder del exilio nicaragüense en Miami. 

En agosto, Murillo atacó severamente a Kevin Sullivan, Embajador de Estados Unidos en Managua, le llamó “chompipe” parafraseando las letras de una canción que se mandó a hacer para criticar al diplomático. “ (…) Estamos hablando de exigir el respeto, el respeto que merecemos que él que quiera hablar se vaya pa’ fuera, hablar, miércoles, dice la canción”, expresó Murillo.

La familiar de Jérez dice que las palabras de Ortega les preocupa. “Nuestros familiares ya han pasado por mucho ahí en la cárcel”, se lamenta. Cárdenas siente lo mismo. Considera que el discurso de Ortega fue de odio. “Lo que dice el presidente ilegítimo puede crear condiciones graves en las celdas, tememos mucho por la integridad física y emocional de los presos políticos”, advierte.

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