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Susana Zamorán acompañada de su madre, hija y nietos.
Jesús Salgado

Susana Zamorán sobrevivió a la violencia machista y nunca ha perdido la esperanza de reconstruir su vida

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Las mujeres que sufren violencia, les invade el miedo, pero deben saber que en el largo camino por la recuperación de sus vidas no están solas.

Han pasado trece años desde que Susana Zamorán sobrevivió al femicidio. La violencia afectó su vida y la de su familia, pero ella se reinventa todos los días y se llena de esperanza.

 

Es mediado de la semana y Susana está meciendo a su nieta en la hamaca tendida en la sala de su casa, trata de cantar una canción de cuna, pero la niña no se duerme, trata de salirse de la hamaca, llora y está muy inquieta.

¡Vos no querés dormirte!, le dice Susana

La saca de la hamaca, la pone en el piso y la niña de once meses se queda tranquila. Así cuidando a su nieta y nieto, alistando el almuerzo, haciendo los quehaceres de la casa y cuidando su familia encontramos a Susana Zamorán. Ha desarrollado no sólo fuerza en sus brazos, después de que su entonces pareja atentó contra su vida y le cortó las dos manos. Su fuerza interior, el amor propio y el amor por sus hijos también la impulsa a seguir luchando por vivir una vida digna.   

Susana nos recuerda el pueblito de donde nació, la comunidad: El Lajero, una de las comarcas del municipio El Tortuguero, en la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur, de joven ella salía a pasear, visitar amistades y los fines de semana salían hacia el Tortuguero para bailar, comprar y disfrutar con sus amigas.

“Desde chavala, yo he trabajado, nunca dependí de ningún hombre para comprar mis cosas” señala Susana. Recuerda que desde niña su mamá le enseñó a trabajar en la finca y a valerse por sí misma. 

Trece años han pasado desde aquel día en que Susana Catalina Zamorán Pérez casi pierde la vida producto de la violencia de José Tomás Díaz, su entonces pareja. José, en distintas ocasiones la violentó física y sicológicamente a ella y sus hijos.

Susana tenía 23 años y un futuro por delante, pero después de que su agresor la dejara sin sus dos brazos nada volvió a ser igual y la vida de Susana se transformó: Una mujer con tres hijos, discapacitada, con pocos ingresos económicos y pocas oportunidades. Cuenta que pasaba días pensado en lo que le repararía la vida, en ocasiones se deprimía y venían a ella muchos sentimientos y emociones. Llegar del campo a la ciudad era muy difícil.

“Yo no sabía que iba a pasar conmigo, uno en el campo está acostumbrado a tomar lo que necesites de la finca, en la ciudad si no tenés dinero no podés sobrevivir, el trabajo en la ciudad es diferente, la vida es diferente. El primer año en Bluefields fue muy difícil para mí, estaba viviendo en casa ajena con mis hijos pequeños, dependiendo de la caridad de la gente”, relata Susana.

Pero la historia de Susana toco los corazones, en 2008 con el apoyo de la ciudadanía de Bluefields y organizaciones de mujeres, instituciones y empresarios, logró establecerse en la ciudad para iniciar su proyecto de vida y tener un techo donde vivir. Desde entonces su familia no ha regresado a la Comarca El Lajero, la violencia la desarraigó del lugar que la vio crecer.  

En los primeros años de su recuperación el apoyo de otras mujeres fue clave, Susana logró abrir una pequeña venta en su casa, pero no prosperó, la inseguridad y las condiciones de la vivienda facilitaron que varios delincuentes le robaran todo. “Tuvimos que cambiar la puerta, asegurar la cerradura, porque es inseguro y la casa no se puede dejar sola” relata.

Susana también se preocupaba por el futuro de sus hijos quienes estaban niños cuando salieron de El Tortuguero. En medio de lo que vivía, se encontró con Ileana Lacayo a quien considera un ángel “Usted no sabe cuánto hemos llorado a Ileana Lacayo, ella fue un ángel en mi vida”, expresa conmovida, hace pausa, respira y sigue. “Cuando nos dimos cuenta de su partida, hemos llorado, ella siempre estuvo conmigo, desde que estuve en el hospital, luego el primer año donde estábamos posando, estaba ella ayudándonos, nos trajo a esta casa, nunca nos abandonó, cada año les  daba los útiles escolares y mochila a mis hijos, a través de ella varias personas me ayudaban, ella era más que una amiga”.

Pese a todas las circunstancias Susana Zamoran se ha levantado. Paso a paso, sintiendo, reflexionando, rodeada del amor de sus hijos: David, el mayor; que ahora tiene 20 años,  terminó la secundaria y trabaja como dependiente en una tienda,  Darwin tiene 18 años estudia el primer año de psicología y Aydalina de 15 está en cuarto año de secundaria, a la familia se ha sumado dos nietos; la pequeña que cumplirá un año esta semana y el niño de cuatro años.

Ahora en casa de Susana viven seis personas y aunque la estructura de la vivienda no es la ideal, porque está cerca de un suampo, la familia está muy feliz de tener un hogar. Unidos buscan la manera de sobrevivir, asegurar la comida, pagar los servicios básicos, asegurar estudio y de vez en cuando salir en familia.

Susana recibe una ayuda económica mensual de parte del Consejo Regional, que se gestionó para ayudarla a solventar los gastos familiares. Aunque confiesa que cuando se enferma busca ayuda en el hospital. Señaló que estuvo seis meses en tratamiento por un problema en la garganta, le hicieron una radiografía y le dieron tratamiento, aunque a veces le duele mucho, pero el médico le expresó que no era nada maligno.  

Aunque los hijos de Susana ya están adultos, siguen siendo su mayor preocupación, “uno como madre siempre espera que regresen sanos y salvos a casa, porque la calle no es segura”, expresa.

Para Susana, el miedo es el mayor obstáculo para que las mujeres que sufren de violencia logren hablar y pedir ayuda, para ella fue difícil romper el silencio y denunciar a su agresor.  “El miedo es lo que más carcome a uno, porque muchas veces estamos dependiendo económicamente del marido, la mujer siempre se pregunta: ¿Qué haré sola?, ¿Cómo sacaré a mis hijos adelante? ¿Qué hago? Ahora, yo les digo, que no tengan miedo, que siempre hay esperanzas, que no traten de justificar al agresor, diciendo que como estaba tomado, o porque las quiere, que salgan de eso, siempre hay esperanza. Mientras tengas vida, nunca estarás sola”.

Susana ve la felicidad en ver crecer a sus hijas, hijos y nietos. En tener salud, en tener vida. Ahora tiene 37 años, su mamá vino a visitarla, los nietos juegan por toda la casa, ya casi es la hora de almuerzo, su hijo David llegará al medio día, la pequeña Aydalina realiza sus tareas en un espacio de la casa, mientras que su hermano Darwin se alista para ir a la escuela. Susana se siente fuerte, rodeada del amor de su familia. Se reinventa en las pequeñas cosas de su día a día para hacer menos pesada lo que la violencia dejo en su vida, su familia y su entorno.  

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En Nicaragua el machismo también es pandemia, las cifras de mujeres asesinadas por sus parejas, exparejas, novios o desconocidos aumentan. En lo que va del año se registra 46 mujeres asesinadas, 53 niñas, niños y adolescentes en la orfandad producto de los femicidios. La Costa Caribe continúa siendo uno de los municipios con mayor número de femicidios, catorce mujeres asesinadas hasta mediados del mes de septiembre, la mayoría de estos femicidios continúan en la impunidad.

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