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Héroes de abril: Testimonios de la lucha desde diversas trincheras

Luis Sánchez Corea

Foto: Siul

No fueron sólo el incendio en la reserva Indio Maíz y las reformas al Seguro Social lo que despertó de su letargo al pueblo nicaragüense, estos eventos sólo reactivaron un volcán que estaba pasivo, lo hicieron rugir y liberar esa energía generada por la presión acumulada por varios años de violencia Estatal.

Onda Local

El hartazgo llegó a su límite y fue así que a partir del 18 de abril de 2018, el pueblo lo expresó en las calles. El descontento popular creció como la espuma y se esparció en pocos días a lo largo y ancho del país.  Primero los estudiantes en  las calles de León y Managua, después se sumaron las feministas, la diversidad sexual, trabajadores, el campesinado y otros sectores y  organizaciones de la sociedad civil. Fue una reacción en cadena marcada por la espontaneidad.

En Managua los recintos universitarios, principalmente la UPOLI; la UNI, la UNA y la UNAN fueron los escenarios principales. Las primeras muertes de estudiantes producto de la violenta respuesta del gobierno, indignaron más al pueblo.

Entre el 19 y 21 de abril, las protestas se esparcieron  por las ciudades más importantes del país,  principalmente Masaya, Carazo, Rivas, Granada, Boaco, Chinandega, Estelí, Matagalpa y Jinotega. El pueblo siguió en las calles, los autoconvocados, empezaron a levantar trincheras. La resistencia ciudadana creció y se esparció por más ciudades y municipios, pero llegó la brutal represión gubernamental con todas sus fuerzas. Policías, paramilitares y grupos de choque del gobierno, arremetieron contra las protestas pacíficas. 

Este trabajo recoge algunos relatos de la viva voz de los protagonistas, algunos héroes anónimos de esta lucha. Nos cuentan sus convicciones, sus temores y desesperanzas, pero también su firmeza de seguir luchando por una Nicaragua diferente.

Barricadas en Jinotepe. Fotografía: Oscar Acuña

“Azul” y su participación en las protestas de Carazo

“Azul”, como pidió le llamáramos, para proteger su identidad, es un ciudadano de 44 años que se integró a la lucha cívica contra el régimen en el departamento de Carazo.

Azul recuerda, aun indignado, cuando un amigo recibió un balazo de AK que le atravesó la pierna de lado a lado y le destruyó los tendones. No puede olvidar cuando lo llevaron al Hospital Regional Santiago de Jinotepe y no lo querían atender, sus sentimientos fueron de rabia e impotencia a la vez, “esa impotencia que te da, ver la maldad pura de dejar morir a alguien en un hospital, solo porque se levantó en contra del gobierno”, cuenta.

Este ciudadano autoconvocado relata cómo inició su participación en las protestas. Él se integró desde las primeras expresiones de descontento popular que se generaron en  el atrio de la iglesia Santiago de Jinotepe.

“Todo comenzó cuando se iniciaron los primeros brotes de protesta el 18 y 19 de abril, la gente autoconvocada simplemente llegaba a la parroquia Santiago en Jinotepe con su bandera y uno que otro mortero, gente de la universidad, gente civil se empezó a congregar, todo como consecuencia de lo que había sucedido en León y Managua; se fue despertando el pueblo, fue una cosa como que se sincronizó la sangre del pueblo para buscar una salida”, rememora Azul.

“Fue una cosa que no se te olvida nunca porque era todo el pueblo y lo más bonito era que no había distinción, no importaba de que organización eras, ni de que religión, ahí andaban liberales, MRS, incluso sandinistas, jóvenes que antes fueron de la UNEN también se unieron”, asegura Azul. Agrega que “fue una unión increíble y eso te iba dando más ganas de participar,” aunque reconoce que, en ese momento, nadie se imaginaba lo que vendría después.  Azul no esperaba ver tanto derramamiento de sangre y tanta muerte, provocados por la violenta, desproporcionada y desigual respuesta gubernamental a la protesta cívica.

Uno de los episodios más impactante para Azul fue el asesinato de su amigo José María Campos conocido como “Chemita”, ocurrió el 8 de julio, el día de la operación limpieza, pero lo recuerda como si fue ayer, una imagen que tiene presente fue cuando vio a la mamá de Chemita correr desesperada por las calles jinotepinas, cera de la iglesia San Antonio, cuando supo la noticia de su hijo, “fue bastante impactante verla, él era un chavalo con futuro que decidió alzar su voz para protestar y lo mataron sólo por eso”.

“No se trataba sólo de ir a las marchas, había que hacer algo más”

“Sofía” quien prefiere no proporcionar ninguna otra referencia más que ese seudónimo, también se unió a las protestas sin pensarlo dos veces. No faltó a ninguna de las marchas que se realizaron en Managua, pero pensó que eso no era suficiente, por eso cuando supo que la lucha cívica iba para largo, decidió no quedarse de brazos cruzados y ayudar de alguna manera, se puso en contacto con amigos y organizaron una red para reunir víveres, medicinas, ropa y otros enseres. 

Ella, consciente del riesgo que corría,  decidió poner a disposición su carro, y asistir personalmente a jóvenes atrincherados,  fue así como llevó comida, agua y medicamentos  a varios tranques y puestos médicos improvisados. Sofía estuvo activa durante los momentos más intensos de la lucha. 

“Logramos  reunir alimentos, medicina, material de reposición periódica,  víveres, ropa y comida”, relata Sofía. Ella se movilizaba en su propio vehículo y así hacía recorridos, generalmente nocturnos, “iba a la Iglesia de la Divina Misericordia porque ahí funcionaba un puesto de acopio para llevar víveres a los estudiantes atrincherados en la UNAN, me movilizaba al puesto médico de la rotonda de Ticuantepe para llevar medicinas y alimentos. Entraba a Masaya para dejar también provisiones en la Iglesia San Miguel”, relata Sofía. Refiere que para ir a Masaya tenía que pasar por varios tranques donde pasaba dejando medicina en los puntos donde se habían habilitados puestos médicos. 

Sabía el riesgo que corría; sin embargo, estaba decidida a asumirlo. “Estaba consciente de que en cualquier momento me podía pasar algo”, reconoce.

Sobre sus motivaciones afirma: “Lo que más me motivó fue el deseo de ayudar, pero también el coraje de ver que la gente sólo por el hecho de salir a protestar o de querer ayudar a los otros que estaban en la zona más caliente, estaban muriendo.” 

Sofía recuerda con tristeza la marcha del 30 de mayo, “miré con mis propios ojos como llevaban en las motos a los heridos, sentí  frustración, rabia, enojo, tristeza, dolor, todo lo que todos sentimos”, asegura. 

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Michelle Quezada: “mi motivación era exigir y ejercer mis derechos constitucionales”

Michelle Quezada, una joven originaria de San Marcos, Carazo, actualmente exiliada en Noruega, también compartió su testimonio, y relata cómo inició su participación en la lucha cívica: “me uní a las manifestaciones en Jinotepe el 19 de abril del 2018. Fue la primera marcha que se hizo ahí, la intención era llegar a las instalaciones del INSS y realizar un plantón, pero las turbas orteguistas nos obstaculizaron el paso y nos fuimos hacia la UNAN-Jinotepe donde se terminó la manifestación con el himno nacional”.

Ella afirma que su mayor motivación era exigir la libertad, la justicia  y  el restablecimiento de la democracia en Nicaragua, así como ejercer todos los derechos que le confiere la Constitución a los nicaragüenses, con esa convicción continuó en las protestas.

El 20 de abril le tocó vivir una noche de terror en Jinotepe, “las turbas llegaron atacarnos en frente del atrio de la iglesia, nos refugiamos en la iglesia, el caos y el temor eran muy grande, realmente no sabíamos si estaban dentro; se escuchaban disparos, se escuchaban gritos, bombas, morteros. No sabíamos si las turbas habían entrado o si estaban mezcladas entre la gente, esa noche fue muy terrible” rememora.

Michelle relata que ella junto a un grupo de amigos, logró salir por la parte trasera de la iglesia y tomar un taxi hacia San Marcos, “esa fue la segunda protesta que se hizo en Jinotepe”, recuerda.

Sin embargo, pese al peligro, en lo sucesivo, Michelle se integró en diferentes marchas “tomaba mi bandera, mi botella de agua, me encontraba con algunos amigos y nos dirigíamos a Jinotepe, Diriamba o San Marcos a las manifestaciones”, afirma.

Aunque asegura que no desempeñó un rol de liderazgo específico, sí se integró en los grupos que organizaba colecta de víveres para asistir a los atrincherados: “Para la recolecta se hacían listas de las cosas que se necesitaban, se regaban a través de Facebook, Twitter, Instagram o WhatsApp y se publicaban los puntos de recolecta. Había un grupo en WhatsApp con personas de San Marcos donde también esparcíamos la información de las cosas que se necesitaban”.

Un joven autoconvocado durante las protestas de abril de 2018. Fotografía: Oscar Acuña

Amenazas de muerte e intento de secuestro

Michelle comenzó a recibir amenazas a través de mensajes de texto por parte de fanáticos del régimen. Al inicio no les prestó atención, pero luego vino la pesadilla, paramilitares intentaron secuestrarla y la amenazaron con violarla y luego matarla.

Ella recuerda esa pavorosa tarde, “iba sola a comprar algo de cenar al centro de San Marcos cuando una camioneta con paramilitares armados se detuvo”, relata. Michelle agrega que la “amenazaron directamente de muerte, me dijeron que sabían quién era y  donde vivía, dijeron que me iban a matar pero que primero me llevarían a dar una vuelta y que me iban a violar.” Michelle afirma que escuchar aquellas lapidarias palabras la paralizó por un momento, pero luego el instinto de supervivencia la hizo correr hacia una casa que estaba a pocos metros de donde fue interceptada “pedí ayuda a gritos, ellos no sabían que estaba pasando, yo sólo les decía que me dejaran entrar, la camioneta con paramilitares armados se quedó fuera de esa casa alrededor de tres horas”, asegura.

Michelle logró regresar a su casa a eso de las 11 de la noche, su mamá llegó por ella cuando el grupo armado que la intimidó decidió retirarse. Aquella aterradora experiencia fue lo que la obligó a tomar la decisión de salir de país.

La joven sanmarqueña admite que aun no ha superado el trauma que le dejó aquel episodio, “el temor me invade todos los días, tengo pesadillas, tengo estrés postraumático debido a eso”, asegura. Ella está recibiendo tratamiento sicológico en Noruega donde se encuentra exiliada.

Sigue firme pese a todo

“Actualmente en el exilio, lo que quiero es que desde este rincón del mundo se sepa sobre la crisis que se vive en Nicaragua, he sido invitada a radios, he expuesto los crímenes de Daniel Ortega y también he hablado con personas sobre la situación, les he dado a conocer lo que se vive en Nicaragua”, relata Michelle.

“No me arrepiento de nada porque quiero mi país libre, quiero democracia para Nicaragua, si mi voz en esta parte del mundo sirve de algo y aporta algo a la lucha es algo que estoy dispuesta a seguir haciendo”, asegura.

Un ángel incansable en medio del caos 

Irela Carolina Iglesias, una mujer con vocación de servir al prójimo también se puso activa, ella al ver lo que ocurría decidió hacer algo, no podía quedarse inmóvil al ver tantos heridos, y volcó todas sus energías hacía una labor humanitaria que a la fecha continúa ejerciendo. Ella siempre había hecho labor altruista, colectando comida, ropa, leche y víveres para los niños con cáncer, para los asilos de ancianos y para cualquier persona que necesitara ayuda. 

Esta vez en medio del contexto adverso que se presentaba ante sus ojos, no dudó en continuar expandiendo, de la forma que ella sabía hacerlo, su amor por el prójimo.

Irela, a lo largo de la lucha, con la ayuda de amistades y donantes logró recaudar fondos, insumos médicos, alimentos, entre otras cosas y con ello beneficiar a más de 90 jóvenes que fueron heridos en las protestas. Todo inició cuando supo del primer joven que perdió un ojo el segundo día de la rebelión cívica. Se trataba de Roberto Rizo, un estudiante de veterinaria de la Universidad Nacional Agraria, originario de San Ramón, Matagalpa. Él fue alcanzado por una bala de goma disparada por la Policía. 

 “El 19 de abril estaba alistándome para ir a mi negocio cuando miré en las redes sociales la noticia de Roberto Rizo, el primer joven que perdió su ojo, miré su imagen con ese ojo ensangrentado y lo primero que pensé fue en mi hijo”, recuerda Irela, quien a la vez refiere que lo primero que se le ocurrió fue escribir en la página donde subieron las imágenes de Rizo, y preguntar si alguien lo conocía.  Estaba decidida a hacer algo por él.

Supo que el joven estaba en el Centro Nacional Oftalmológico (CENAO), y que iba a ser operado. Logró ponerse en contacto con él y sus padres. Recuerda que cuando habló con la mamá de Roberto, ella “estaba un poco arisca, no quería darme información, y logré convencerla de que lo único que quería era ayudar a su hijo”. 

“Empecé a pedir ayuda por Roberto en mi Facebook personal y en un grupo de Facebook que estamos como 6,000 mujeres, la idea era recaudar para su prótesis”, afirma Irela. 

Una desconcertante sorpresa

Irela llegó al CENAO en busca de Roberto Rizo el 20 de abril. Sin embargo no imaginaba la escena que se encontraría, “cuando yo entro a la habitación me encuentro con 8 jóvenes más que estaban en la misma situación de Roberto, unos eran de Masaya, otro era de la UNI, otro era que venía saliendo de su trabajo y lamentablemente fue alcanzado por una bala”, recuerda. De esa manera Irela inició una intensa campaña de recaudación para conseguir prótesis para los 9 jóvenes.

“Hablé con cada uno de los muchachos, les dije que quería ayudarlos, les pedí permiso para tomarles una foto a cada uno y sus nombres”. Irela salió del CENAO con el propósito de conseguir las prótesis para los 9 jóvenes y de esa manera inició una intensa campaña de recaudación a través de las redes sociales y contactando a amigos y organizaciones que sin duda se volcaron a ayudar. El Club Rotario se puso a su disposición y usaron las cuentas bancarias de esta organización para mayor confianza y transparencia. El resultado satisfizo a todos.  Los 9 jóvenes obtuvieron sus prótesis oculares gracias al esfuerzo incansable de Irela y a la solidaridad de mucha gente que apoyó la causa. 

Homenaje a las personas asesinadas durante las protestas de 2018, Jinotepe. Fotografía: Oscar Acuña

Irela y los heridos de la represión 

Las protestas continuaron y la represión gubernamental se intensificó. Eso generó, además de la matanza ejecutada por policías y paramilitares, muchos más jóvenes heridos, Irela recuerda que fueron 37 casos de afectaciones en los ojos,  de los cuales 17 perdieron un ojo y requirieron una prótesis, uno de ellos quedó totalmente ciego por un disparo en la cabeza y otros, según el diagnóstico, recuperarían la visión parcialmente.

Pese al dolor que esto le causó, Irela lleva la satisfacción de haber podido conseguir que los 17 jovenes que perdieron un ojo recibieran sus prótesis.  Pero la cosa no terminó ahí, pues siguieron acudiendo en su ayuda jóvenes heridos en diferentes partes del cuerpo que requerían atención médica especializada o procedimientos quirúrgicos costosos “empezaron a llegar casos de jóvenes heridos en la cabeza,  brazos,  piernas”, recuerda Irela.

Ante tal situación Irela, creó un programa que inicialmente se llamó Programa de Prótesis Ocular para Estudiantes, “pero después como vinieron más heridos a mi programa, le cambié y le puse Programa de Prótesis Ocular y Ayuda a otros Heridos, gracias a Dios el programa fue un éxito”, asegura.

“Fueron varios meses seguidos que me venían diferentes casos, fueron más de 90 heridos (…) compré platinas para los brazos, para las piernas, medicamentos, comida especial, bolsas de colostomía, prótesis, es que fue impresionante, también los exámenes que a veces tenía que llevarlos a algunas clínicas, radiografías, todo eso el programa lo cubrió”, refiere.

Su altruismo la conectó con el dolor

Irela Iglesias, fue también sacudida por el dolor, “hubo casos que me quebraron, que no aguanté y realmente lloré”, relata. Además afirma que “había casos donde yo tenía que ser fuerte porque tenía que darle la fuerza tanto a los muchachos como a las mamás, hubo casos desgarradores”, recuerda. 

Irela no puede evitar conmoverse cuando recuerda el episodio más triste que le tocó vivír, la muerte de Ezequiel, unos de los jóvenes al que estaba ayudando en su recuperación “él estuvo en UCI un montón de veces, lo operaron varias veces, él estaba en Salud Integral y yo lo iba a ver cada día de por medio (…) lo fui a ver un jueves, y ese jueves el estaba muy triste, ya no estaba hablando, estaba inflamado y el médico me dijo: Irela, yo creo que  Ezequiel ya dio lo último, hizo todo el esfuerzo por sobrevivir, el sábado me estaba llamando la hermana, que había fallecido, ese me afectó bastante”, relata Irela compungida. 

Irela con cinco de los 17 jóvenes que perdieron uno de sus ojos durante las protestas de abril de 2018. Fotografía: Cortesía

Se ganó el título de “doctora”

La labor de Irela le hizo ganarse el título de “doctora” como ahora muchos la llaman cariñosamente, pese a que ella es administradora de empresas.  

El sueño de Irela es crear una fundación para seguir ayudando a las personas necesitadas, no sólo en el contexto de la crisis sociopolítica. Ahora mismo está preparándose para visitar varios asilos de ancianos y entregarles ropa, comida, medicinas entre otros artículos de primera necesidad.

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Santiago el autoconvocado de Jinotepe

Santiago se integró a la lucha desde que se dieron las primeras expresiones de protesta en la cabecera caraceña. “Recuerdo que para el 21 de abril, cuando estalló todo, nosotros llegábamos a realizar plantones en el atrio de la parroquia, comenzábamos con 30, 40 jóvenes, a las 2 horas ya éramos más de 400 o 500 personas, llenábamos todo el parque central; hacíamos vigilia, hacíamos oraciones, cantábamos canciones nicaragüenses y siempre estábamos demandando el cese de la represión, el cese de las muertes de todos los universitarios que comenzaron a asesinar en Managua”.

Cuando se activaron los tranques en diferentes puntos de Jinotepe, Santiago se integró a las brigadas de ayuda que se organizaron espontáneamente para recolectar víveres en los barrios, “recolectábamos ayuda y la íbamos a entregar a las barricadas, había una rotación de jóvenes, normalmente íbamos por la noche para llevarles cena”, pero principalmente llevaban insumos médicos, alcohol, bicarbonato, entre otros productos a lo que llamaron el “tranque central” o “tranque San José” ubicado en las cercanías del colegio homónimo, pues ahí se había habilitado un puesto médico donde se atendía a los heridos. 

“A los jóvenes heridos, la Cruz Roja los trasladaba al Hospital Regional Santiago, pero se les negaba la atención médica”, asegura el joven autoconvocado, quien también recuerda que en ese momento el director del Hospital Regional Santiago era Faisal Eslaquit, pariente del sacerdote progobierno Neguib Eslaquit.

Vigilia en el atrio de la Iglesia Santiago en Jinotepe, abril de 2018. Fotografía: Oscar Acuña.

La operación limpieza en Jinotepe

Santiago vio y vivió muchas cosas a lo largo de las jornadas de protesta en las trincheras, pero lo que más lo marcó fue la entrada de los paramilitares al municipio de Jinotepe el 8 de julio de 2018 durante la llamada operación limpieza, “era domingo, nos despertaron las balas, los paramilitares entraron en camionetas por varios puntos, entraron por San Marcos, por la entrada de Hertylandia,  entraron del lado sur de la panamericana, por la carretera a Nandaime; entraron también por las esquinas, viniendo desde El Crucero, pero también por el lado de las playas de la Boquita y Casares, entrando por Diriamba”, ralata.

De acuerdo a un informe del CENIDH, ese día al menos 22 personas fueron asesinadas, de las cuales 4 eran amigos o cercanos de Santiago,  “uno cayó por el lado del Hospital Regional Santiago, el otro cayó en el barrio San Antonio y los otros 2 entre el cementerio y el barrio San José de donde estaba el tranque principal del colegio San José” asegura.

Fueron más de 10 horas de balas aquel fatídico domingo, la ciudad de Jinotepe estaba sitiada, nadie podía salir de sus casas, Santiago recuerda que “no podíamos ir a la vela de las personas que cayeron, porque los paramilitares se encontraban en cada esquina del centro de la ciudad, custodiando la Alcaldía, tenían sitiada la parroquia Santiago, la iglesia San Antonio y otros puntos como El Zonal (casa de protocolo del partido de Gobierno)”. Santiago asegura que otros lugares fuertemente resguardados eran las casas donde habita la familia del Jefe del Ejército Julio César Avilés, así como de la familia del comisionado policial Ramón Avellán y del Alcalde Mariano Madrigal.

“Ojalá qué nada haya sido en vano”

En este aniversario de la rebelión de abril, el escenario sociopolítico que se vive, tiene sumida en la desesperanza a gran parte de los ciudadanos autoconvocados que dieron todo por ver una Nicaragua diferente. En un año electoral, lleno de incertidumbre, con una oposición dividida y con un régimen que no da señales de buena voluntad, el panorama no es nada alentador. 

Azul teme que la lucha, la sangre derramada y el dolor de las madres hayan sido en vano. “Mi mayor temor es que siga la dictadura y no se haga nada por culpa de las divisiones la avaricia y la vanidad en la oposición”, advierte. 

“¿Qué va a pasar?” se pregunta Azul, a la vez se responde: “Es una incertidumbre que me mata todos los días que despierto, que me marca psicológicamente, porque tengo hijos, queremos un futuro que todo mundo se lo merece, y ver aquellas madres destrozadas, ¿quién les va a reponer a los hijos?, nadie, los perdieron, y ¿quién les va a hacer justicia?”

Azul insta a los líderes de la oposición a reflexionar y ponerse en los zapatos de las madres que perdieron a sus hijos, que depongan sus intereses personales, él cree que aún están a tiempo.

Santiago, por su parte, refiere que después de la operación limpieza se ha mantenido en una resistencia silenciosa, “una resistencia cívica, esperamos que haya un cambio, y que estos líderes y precandidatos se pongan de acuerdo porque aquí está en juego la estabilidad económica, social, y política de Nicaragua, esperamos que se de ese cambio porque todo esto nos marcó y abril no se olvida”.

Michelle Quezada, en tanto, no pierde la esperanza de que haya un cambio.  Afirma que su salida al exilio fue dolorosa porque dejó todo lo que amaba, “mi familia, mis sueños fueron truncados, mi vocación, mi libertad, mi libre circulación, mi vida cambió totalmente por ejercer mi derecho de la manifestación pacífica”.  Agrega que han sido tres años difíciles para ella y para todos los compatriotas que tuvieron que abandonar el país porque vieron amenazada su vida, los presos políticos, y el pueblo que sigue sufriendo el asedio y la represión del régimen de Ortega, “pero no pierdo la fe y la esperanza de ver una Nicaragua libre muy pronto”, finaliza.

Azul, pese a la incertidumbre y los temores que lo invaden, afirma que aun hay esperanzas, porque “el pueblo está ahí intacto, como un volcán activo pero en calma” que, en cualquier momento, puede despertar nuevamente. 

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