Reses en una pesa de la comunidad Las Maravillas, sitio identificado como uno de los lugares de compra y venta de ganado ilegal proveniente de la Reserva Indio Maíz.
Carlos Morales Zapata

La Mafia ganadera de Indio Maíz

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En el interior de la Reserva Biológica Indio Maíz, en el sureste de Nicaragua, la ley es casi nula y se irrespetan abiertamente los derechos de las comunidades indígenas y grupos étnicos de la zona. En este trabajo se relata parte de la mecánica de compra y venta de ganado ilegal proveniente del corazón de la reserva y el impacto ambiental que esto deja.

La tierra es mayormente barro y muchas veces pantano en gran parte del año, las calles empinadas y eternamente mojadas por la humedad de la zona. En las madrugadas y en las primeras dos horas del amanecer la niebla es tan densa que al navegar el río difícilmente se logra ver más allá de veinte metros a la redonda. En días de lluvia prolongada la visibilidad es casi nula, y, en tierra, la neblina puede ser tal que desde el camino se ve reptar fantasmal una espesa columna gris que envuelve la trocha y la deja sumida en un halo sombrío y a veces tétrico.

Por momentos, las ráfagas de viento suelen ser tan fuertes que atraviesan el follaje en línea diagonal y bañan de frío a las bestias y personas que de casualidad cruzan los solitarios caminos fangosos. Un grupo de reses caminan en desorden rompiendo la calma del lugar sin que se haya aún asomado el primer rayo de sol en el opaco cielo.

“¿A dónde se la llevan?” grita el baqueano que arrea a los rumiantes. “Pa la pesa, ¿y usted?” Ahí nomás, responde, a la montaña. Y sigue cabalgando y se pierde entre la niebla de la que vino, a paso tranquilo sobre su caballo lodoso.

A poco más de 380 kilómetros desde Managua, viajando por tierra y por agua, y tras un fatigoso recorrido de 2 días, se encuentra bajo un techo gris y nuboso una de las comunidades rurales más remotas del país donde se vende ganado sin registro, criado de forma ilegal, y muchas veces también vendido de forma ilegal.

La entrada a la zona cero

El viaje inició en la capital, luego de casi 8 horas hasta llegar a la terminal de buses en San Carlos, Río San Juan. Camino menos de 20 metros y una agente aduanera se acerca hasta mí casi corriendo, me exige directamente el pasaporte tras reparar en mi aspecto y vestimenta y pregunta de qué país provengo.

Luego de ver mi cédula de identidad y estudiarla a fondo procede con el cuestionario que no le hizo a nadie más. De dónde soy, qué hago, cuánto dinero llevo, con quién viajo, qué haré, cuál es mi hospedaje, cuántos días estaré en la zona, y mil preguntas más. Minutos más tarde, al esperar la lancha que haría el traslado hasta otra comunidad, 55 kilómetros río abajo, fui captado por las cámaras de los celulares de un par de miembros de la fuerza naval en el puerto de San Carlos.

Dos horas y media después, en el puerto de la pequeña comunidad de Boca de Sábalos también era esperado por un par de militares que resguardan eternamente el puerto y de vez en cuando cuestionan a los viajeros sobre su destino y actividades.

Vista del Río San Juan bañado en niebla al amanecer.  Fotografìa: Carlos Morales Zapata/OL

La pequeña comunidad de una sola calle es agitada y muy movida por las noches; viajeros de muchos sitios convergen en ese pequeño trozo de tierra a pocos kilómetros de la fortaleza del Castillo, en el corazón de Río San Juan, en el sureste de Nicaragua.

Las lejanas comunidades en las que se ha identificado la compra y venta de ganado ilegal, proveniente del núcleo de la Reserva Biológica Indio Maíz, aún están a muchas horas de viaje, la más cercana, a unos 40 kilómetros de Sábalos y casi tres horas de viaje con buen tiempo. La otra, a unos 55 kilómetros al noreste y a unas cinco horas de viaje en vehículo, atravesando un inmenso bosque de palma africana y múltiples atolladeros a mitad del camino que hacen simplemente inaccesible la zona para cualquier vehículo de ciudad.

Ganado ilegal a la venta

Llegamos a la comunidad más lejana casi a las ocho de la noche; las calles invadidas de un lodo rojizo hacen que caminantes y bestias se entierren hasta las rodillas muchas veces. No hay luz eléctrica y sólo se ven parpadeantes luces de candiles y lámparas recargables bajo el resquicio de las puertas de madera de las humildes casas del lugar.

Mi acompañante y yo arribamos a la casa en que nos esperan unos conocidos de confianza donde nos hospedaremos. La noche es oscura y silenciosa, no hay estrellas en el cielo y un cúmulo de nubes pintan de rojizo el firmamento, amenazando lluvia una vez más.

-Aquí viene mucho ganado de la montaña, baja todos los días del mercado directo a la pesa -comenta nuestra anfitriona al servir la cena.

-La montaña es la reserva, ¿no?

-Sí, ganado de la reserva. Viera aquí como se llenan de vacas estas calles.

-El día de venta es el domingo, ¿verdad?

-Sí, los domingos.

Mucho antes de llegar al sitio se había confirmado el paso de cuatro camiones de ganado en once días por el camino que atraviesa la comunidad de Boca de Sábalos hasta llegar a San Carlos. Cada camión tiene la capacidad de llevar un promedio de 18 cabezas de ganado por viaje.

En el viaje hacia el sitio también se oyeron múltiples comentarios sobre la inseguridad de la zona y varios enfrentamientos de naturaleza un tanto ambigua que terminaron en al menos una decena de muertos. Siempre relacionados directa o indirectamente con temas referentes a la ganadería y disputas de propiedades. El ambiente parece tenso y todas las personas nos ven con recelo al pasar por la calle al amanecer.

Es el tercer día de viaje. Son las ocho y media de la mañana y nos dirigimos directamente a una de las dos pesas de la comunidad. El ambiente parece desolador. Desde unos 100 metros de distancia no se logra ver una sola res dentro del corral, no hay camiones atravesados a mitad del descampado lodoso ni baqueanos arreando rumiantes. No hay absolutamente nada más que no sea lodo y excremento. Parece ser que hubo un gran problema de cálculo y llegamos el día equivocado.

Terreno solitario junto a una de las pesas en La Quezada en los días de mayor venta alberga a más de 30 camiones cargados de ganado. Fotografía: Carlos Morales Zapata / OL

¡Al mejor postor!

Antes de acercarnos, a unos veinte metros ya fuimos estudiados y analizados por el dueño de la pesa que sale a nuestro encuentro preguntando qué se nos ofrece. Mostramos nuestro interés por cotizar el precio y calidad de algunas reses para repasto (engorde) y crianza. “El ronco”, el personaje que nos observa con desconfianza y recelo ofrece precios bastante elevados para el mercado local.

Por ejemplo, una vaca adulta de peso medio, que supera los 380 kilos tiene un costo de C$ 38 córdobas por kilo en pie, negociable uno o dos córdobas en dependencia del estado de salud del animal, de los cuales se restará del precio total el 10% del peso en escalfo del peso de las vísceras y de la carne inútil.

El precio que “El Ronco” nos ofrecía desde que llegamos a la pesa fue de 45 córdobas por kilo de carne, en reses cuyo precio real no superaba los 38 córdobas. En el corral sólo había una vaca flaca y desgarbada bastante marchita por los años. En el sitio tampoco estaban los usuales “30 ó 40 camiones de ganado” que los habitantes de la zona nos habían comentado que llegaban los días de mayor venta. Ni siquiera había uno solo. Ante esta disimulada pregunta, se nos respondió que a pesar de que los días de mercado en esa comunidad, La Quezada, eran los domingos, no todas las semanas había flujo de compradores y vendedores, sino que era cada 15 días que esas calles fangosas y empinadas se abarrotaban de camiones con semovientes y compradores.

La comunidad en esos días se convierte en un mercado desde antes de las siete de la mañana. Es bastante normal que, en dependencia de la apariencia del comprador, el vendedor y el dueño de la pesa alteren los precios de las reses a su favor. Sin embargo, un habitante local a quien le comentamos nuestra duda por el exorbitante precio ofrecido por “El Ronco” nos comentó que probablemente la desconfianza por ver a un par de desconocidos que eran tomados por extranjeros le hizo actuar de esa manera.

- ¿Por qué tendría desconfianza?

- Porque mucho del ganado que ahí se vende proviene de la reserva y saben que eso no está bien visto por mucha gente.

Límites imprecisos

De acuerdo con los mapas satelitales consultados, la comunidad La Quezada, a unos 55 kilómetros de Boca de Sábalos, ya se encuentra dentro del límite de la Reserva Biológica Indio Maíz. De acuerdo con los mapas oficialmente utilizados, esta comunidad en realidad no está dentro de los límites legales de la reserva, sino en algo llamado “Zona de Amortiguamiento”, que, según el Diccionario Ecológico, son determinadas áreas terrestres o acuáticas situadas alrededor de otras a las que protegen, regulando, resistiendo, absorbiendo o excluyendo desarrollos indeseables, así como otros tipos de intrusiones.

Esto significa que en esa zona y demás comunidades aledañas a la reserva no debería practicarse la ganadería intensiva ni extensiva y mucho menos hacerlo dentro del núcleo de la reserva, como se ha comprobado que realmente sucede. Además de ello, es ilegal.

Unas horas más tarde, pasado el mediodía, fuimos a ver la otra pesa de la comunidad en la que había reportes de compra y venta de ganado proveniente de la reserva. La mayor parte de las reses observadas no tenían chapas, y otras tampoco tenían marcas de fierro en ninguna parte de su cuerpo, lo que podría ser una prueba contundente de que son criadas de forma ilegal, sin registro alguno, y que muy probablemente estos animales sin su debida identificación provengan del interior de la reserva.

La mayoría de las reses en las pesas de la comunidad La Quezada no tenían chapas de identificación. Fotografía: Carlos Morales Zapata / OL

Las chapas o aretes en las reses funcionan como una cédula de identidad única para cada animal. Es un requisito legal que cada semoviente tenga uno de estos códigos que los provee la alcaldía de cada municipio y son colocados exclusivamente por un especialista del Instituto de Protección y Sanidad Agropecuaria, IPSA.

Primeras contradicciones

Entre los baqueanos de las zonas aledañas a la reserva corren muchos rumores que oficialmente no son aclarados por ninguna institución. Una habitante de la comunidad Las Maravillas que prefirió omitir su nombre por temor, refirió que algunas personas que han llegado a su negocio comentan que muchas de las chapas que tienen las reses son conseguidas ilegalmente, por tanto, no están inscritas en un historial ni un registro oficial, y son apenas un adorno para simular legalidad.

Al ser consultado al respecto, un especialista de esta institución inicialmente se negó a dar información a alguien que no fuera ganadero. Posteriormente, y tras evadir varias preguntas y ser cuestionado respecto de si hay delito al vender reses no registradas, respondió simplemente que no hay delito alguno. Que no si no hay una chapa en la res, no se puede vender.

Sin embargo, esto contradice ampliamente la realidad que se vive en la zona, pues en múltiples ocasiones diferentes equipos periodísticos y ambientalistas han registrado y documentado la presencia de colonos y grandes cantidades de ganado en el interior de la reserva, mayormente en una comunidad ilegal llamada Samaria, que se localiza varios kilómetros dentro de la frontera de la Reserva Biológica Indio Maíz.

Un caso emblemático es el de un personaje llamado José Solís Durón, quien posee en el corazón de la reserva una inmensa propiedad que supera las 2,000 hectáreas, irónicamente bautizada como “La Haciendita”. Ahí se lleva a cabo la ganadería extensiva, que, en pocas palabras, es la práctica de criar pequeñas cantidades de ganado en inmensas áreas de pastoreo, de modo que, en circunstancias normales, la equivalencia usual es de dos hectáreas por cabeza de ganado. Pero en el caso particular de “La Haciendita”, este número es superado por mucho, pues el ganado pasta sin control aparente haciendo uso de un área protegida en la cual no se debería de talar árboles, pero el avance de esta frontera agrícola devasta de forma alarmante el ecosistema de la zona.     

¡Tierras de oro!

Hacia finales de 2017, en dicha hacienda se habían derribado más de 250 hectáreas de bosque para dar lugar a pasto mejorado, que según baqueanos de las comunidades aledañas a la reserva es el mejor que han visto en toda su vida, “capaz de engordar reses hasta tres veces más rápido que en otros lugares del país.” Esto se explicaría en la capacidad de la tierra por ser territorio relativamente virgen.

Al respecto, el ingeniero agroforestal Joseph Rojas explicó que el suelo de la reserva, por ser tierra que nunca antes había tenido ninguna clase de uso humano, tiene una “capa arable” tan gruesa, de hasta 20 centímetros de espesor, que hace que todos los nutrientes naturales estén concentrados en un solo punto. En otras palabras, esto significa que el pasto que reemplaza la cobertura natural del bosque crece bien nutrido y en las condiciones óptimas posibles, lo que provoca que el ganado que se alimente de dicho pasto crezca mucho más rápido y fuerte que en otras zonas.

Se evidenció la presencia de reses con aretes dentro de la reserva, un sitio en el que no deberían de estar. Fotografía: Fundación del Río / OL

Un dato importante a tener en cuenta es que muchas reses criadas en el interior de la reserva sí tienen una chapa de registro.

De vuelta en la comunidad La Quezada, al atardecer del día de compra y venta, se visitó por quinta ocasión las pesas que había en la zona, y a menos de una hora de haber sido llevadas a vender, estas ya habían sido negociadas y el proceso de venta se estaba ejecutando.

Incongruencias

19 reses de diferentes pesos y razas estaban en el corral, sólo se logró contabilizar apenas tres de estas que tenían una chapa de identificación en sus orejas. Al preguntar disimuladamente a los presentes, por qué el resto de los animales no tenían su debida identificación, nadie respondió nada y un ambiente tenso se apoderó del lugar.

Minutos más tarde también se hizo un sondeo en la segunda pesa de la comunidad, la pesa de “El Ronco”. Desde la distancia se podía observar en el corral algunos animales que horas antes no estaban. Eran 12 cabezas de ganado que igualmente habían sido compradas de una sola vez por una misma persona.

Ganado en el corral de la pesa de “El Ronco”. El 25% del ganado en esa pesa no tenía un arete de identificación. Fotografía:  Carlos Morales Zapata / OL

De estas 12 reses sólo se identificó chapas en tres de ellas.

Nos retiramos del lugar sin más preámbulos, pues al haber sido comprada toda la oferta de ganado, no había mucho qué ver.

¡Al acecho!

Poco antes del anochecer, en un pueblo donde no hay luz eléctrica y cualquier caminante se puede escurrir fácilmente entre las sombras, notamos que el dueño de la última pesa visitada, “El Ronco”, se encontraba justo en el marco de la ventana principal de la casa en que mi acompañante y yo nos hospedábamos. Oculto por las sombras y viendo directamente hacia el interior de la casa; en la mano izquierda sostenía un cigarro casi apagado y la mano derecha estaba posada sobre su cinto, en el cual siempre colgaba un machete. A pesar de la poca visibilidad, su mirada se notaba amenazante, y al ser descubierta su presencia no dijo una sola palabra, sólo caminó unos metros hacia la calle y estuvo ahí pacientemente por al menos una hora, invariablemente viendo hacia el interior de la casa, con los pies cruzados, un cigarro en una mano y la otra sobre el machete en su cintura.

Cayó la noche y no sucedió nada más

Al día siguiente, el cuarto día de viaje, se visitaron dos pesas más en otra remota comunidad llamada Las Maravillas, a poco más de 35 kilómetros de Boca de Sábalos. Dichas pesas fueron identificadas también como sitios exclusivos donde se vende ganado criado en el interior de la reserva. Un “recogedor” de la pesa, -personas dedicadas a seleccionar ganado según los gustos específicos de los clientes-, identificado únicamente como “Chilo”, confesó que “uno de los mejores ganados de la región proviene de Samaria.”

Samaria es la más antigua comunidad de colonos en la Reserva Indio Maíz, ubicada a varios kilómetros tras los límites de la comunidad y desde mediados de los años noventa ha crecido exponencialmente, a tal punto de que hay centros de salud, escuelas y 17 iglesias. De estas, seis son católicas y once evangélicas de diferentes denominaciones como Asamblea de Dios, Pentecostés Unida, Menonitas, entre otras.

¿Y el marco legal?

Estas constantes invasiones de colones en el corazón de la reserva violentan múltiples artículos de las Leyes 217 y 445, Leyes de Medioambiente y de los Pueblos Indígenas y Afrodescendientes respectivamente.

El artículo 38 de la ley 445 establece que:

Los terceros en tierras indígenas sin título alguno deberán abandonar las tierras indígenas sin indemnización; pero en caso de que pretendan permanecer en ellas, pagaran un canon de arrendamiento a la comunidad.    

Con relación a esto, el gobierno territorial Rama y Kriol emitió en 2017 una denuncia por usurpación de tierras protegidas y daños ambientales en contra de José Solís Durón, el personaje anteriormente mencionado, quien posee una hacienda y hasta esa fecha había destruido más de 250 hectáreas para sembrar pasto mejorado en su lugar.

El ejército desalojó la propiedad, pero meses después había sido ocupada nuevamente por los trabajadores de Solís Durón. Hasta la fecha, la hacienda sigue en funcionamiento.

Fragmento de la denuncia que interpuso el Gobierno Territorial Rama y Kriol en el caso “La Haciendita”.

Posteriormente se han reportado otros casos similares de propiedades en el corazón de la reserva donde se practica la ganadería extensivamente; ocupando grandes cantidades de tierras para que pocas reses pasten en esta.

“La ganadería puede ser más dañina que los incendios forestales”

Según palabras del Ingeniero Forestal Gerald Garmendia, esta práctica de ganadería es una de las más dañinas y destructivas que existen. En caso se dejara regenerare naturalmente este bosque, tomaría más de tres décadas, pues “esto depende del nivel de compactación del suelo; a mayor compactación, más lento es el crecimiento de las plantas pioneras.” Cabe señalar que la compactación sucede por la constante presencia de las reses en territorio virgen.

Sentado en su oficina de trabajo, al preguntársele si es más dañino para el bosque el incendio de abril de 2018 o la ganadería extensiva en el núcleo de la reserva, sin dudar respondió que “la ganadería puede ser más dañina que los incendios forestales, pues a pesar de todas las pérdidas de flora y fauna, las cenizas y los residuos son el mejor abono para la regeneración natural del boque.”

Carlos Morales Zapata / OL

De modo que, tomando como base el caso hipotético de que los colonos fueran desalojados del territorio protegido y se dejara al bosque regenerarse naturalmente, este pasaría por cinco etapas que podrían tomar probablemente seis o siete décadas hasta convertirse en un bosque primario; un bosque completo. Quizás, inclusive, un poco más de tiempo, pues el bosque húmedo, como lo es Indio Maíz, tarda más tiempo en regenerarse que el bosque seco.

¿Ganado ilegal?

En el último día de viaje, y al visitar la última de las pesas identificadas como sospechosas de vender ganado ilegal proveniente del interior de la reserva, se constató que la mayor parte del ganado en los corrales no poseía su debida chapa de identificación que el IPSA exige a los ganaderos de todo el país a través de las alcaldías.

Cada finca está inscrita con un número único llamado Número CUER, que significa Código Único de Establecimiento Rural, el cual aparece en los aretes obligatorios de las reses y es necesario al momento de hacer cartas de venta y guías de traslado tras la compra de reses.

En esto hay una notoria contradicción, pues un ingeniero agrónomo de la Delegación del IPSA de Managua, identificado únicamente como Ramírez, vía telefónica comentó que no puede haber transacciones de ganado si este no está registrado en el sistema de trazabilidad, y que, en caso de no haber chapas en las reses, no se comete delito alguno; simplemente no puede ser objeto de negociación. Sin embargo, la realidad en las comunidades aledañas a la reserva Indio Maíz parece ser muy ajena a la planteada por este funcionario, pues sin duda alguna, gran parte del ganado que se mercadea en la zona no está registrado.

Tiempo después, otro funcionario del IPSA, que por razones de seguridad y temor a perder su empleo si hablaba con algún medio de comunicación, prefirió omitir su nombre, reveló que hay miles de cabezas de ganado que son negociadas sin estar registradas con su debido arete. Que aún no hay ley alguna que prohíba vender reses sin registrar.

Esto claramente atenta contra la salud de los nicaragüenses, pues además del control y monitoreo de los animales, la función de los aretes es localizar con exactitud a los rumiantes enfermos que representen una amenaza para los consumidores finales, pues deben ser sometidos a controles de calidad, y la presencia de las chapas en sus orejas es un sinónimo de que un animal pasó por dicho control de sanidad.

El personaje anónimo que será identificado con el nombre de “Antonio”, es un ingeniero agrónomo con gran experiencia en el terreno. Comentó en voz muy baja, en su oficina, que ellos -los trabajadores- tienen estrictamente prohibido hablar con cualquier periodista. Que su trabajo peligra grandemente si se llegara a conocer su nombre.

Al ser cuestionado respecto de por qué hay reses enchapadas en el interior de la Reserva Indio Maíz, inicialmente dudó un momento y no supo qué responder. Esto es una anomalía que no debería de darse, pues Indio Maíz no está bajo la jurisdicción de ningún municipio, por lo tanto, no hay alcaldía alguna que tenga la potestad de repartir aretes para las reses criadas en el interior.

Arete de ejemplo que utilizó “Antonio” para explicar la mecánica con que funcionan las chapas. Fotografía: Carlos Morales Zapata / OL

Después de unos segundos de titubear, “Antonio” respondió que probablemente el ganado con chapas observado en el interior de la reserva fue registrado en alguna comunidad fuera de los límites de Indio Maíz y posteriormente trasladado a la reserva.

¿Mercado Negro?

En el último día de viaje, en la comunidad Las Maravillas, eternamente lluviosa y a poco más de 360 kilómetros de la capital, se pudo conseguir información valiosa para la investigación, pues varios baqueanos, peones y recogedores coincidieron en que el mejor ganado que ellos han visto proviene del interior de la reserva, que el pasto mejorado que muchos consumen, de las variedades Bombaza, Toledo y Marandú, en esas tierras posee una calidad que no se encuentra en ninguna otra parte, y así mismo, y quizá lo más importante, es que estas personas nombraron un supuesto comprador en masa de dicho ganado; la empresa Macesa.

Tras múltiples pedidos de entrevista y numerosas llamadas a la gerencia de dicha empresa en busca de su versión sobre la grave acusación en su contra, no se logró una sola declaración. Se dejaron varios recados en busca de una entrevista a la oficina de la gerencia, bajo el cargo de la señora Rosa Virginia Quezada, pero hasta el cierre de esta nota, la respuesta al pedido de entrevistas y declaraciones nunca llegó.

Minutos antes de abandonar la comunidad Las Maravillas, en la que en menos de media hora se habían contabilizado unos nueve efectivos del Ejército de Nicaragua, en la pantalla del celular del dueño de una de las pesas donde se negocia ganado, apareció una fotografía mía y de mi acompañante, tomada menos de 20 minutos antes, mientras hablábamos con los mozos acerca de las reses.

La fotografía estaba acompañada por una aparente advertencia que no alcancé a leer, pero que hace evidente que estábamos siendo observados por alguien a quien nuestra presencia parecía incomodar.

Dos días más tarde, al abandonar la zona de Río San Juan, nuevamente fui retenido unos minutos por un agente del ejército, quien se afanaba en preguntar detalles como la cantidad de dinero que llevaba, mi nacionalidad, la razón de mi viaje, el nombre de mi hospedaje y hasta el nombre de mis conocidos en la zona.

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