Esenciales: Trabajadoras domésticas en pandemia

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Por Patricia Simón

Si nadie hiciese el trabajo que garantiza la vida, todo el sistema económico mundial colapsaría. Y, sin embargo, el 75% de esas labores lo hacen las mujeres y niñas sin recibir ninguna remuneración a cambio. Y un 16%, a cambio de salarios indignos: las trabajadoras domésticas son el colectivo laboral más pobre del mundo, como recogía el informe Tiempo para el cuidado, publicado por Oxfam Intermón en 2020.

En España, según datos del Ministerio de Trabajo, el colectivo de empleadas del hogar está compuesto por unas 600.000 trabajadoras, el 70% de ellas mujeres extranjeras. Una de cada tres cuidan de las personas más vulnerables –niños, niñas y ancianos–, cocinan, limpian y hacen posible la vida de un hogar en la economía sumergida: no tienen un contrato ni han sido dadas de alta en la Seguridad Social.

En los últimos años, colectivos como el Sindicato Sindihogar Sindillar, Territorio Doméstico o Grupo Turín, integrados mayoritariamente por mujeres migrantes, han exigido al Gobierno de España que ratifique el Convenio de las Trabajadoras domésticas de la Organización Internacional del Trabajo y acabe con un régimen especial que les priva de importantes derechos laborales. En 2020, durante la pandemia de COVID-19 reclamaron ayudas para todas las que se habían quedado sin empleo, tuviesen contrato o no. Siguen esperando una respuesta.

Un informe del sindicato UGT indica que los sueldos de las personas que trabajan en el sector doméstico son aproximadamente un 60% menores al salario medio bruto en España.

Mientras, muchas de esas trabajadoras domésticas tuvieron que dejar a sus hijos e hijas en sus países, a cargo de los padres de estos, de sus abuelos y, especialmente, de sus abuelas. Países como Nicaragua u Honduras dependen económicamente de las remesas que envían su población que se ha visto forzada a migrar a países como Estados Unidos o España, pese a que sus gobiernos no reconocen su contribución ni su sacrificio. En el caso de las mujeres hondureñas, el 81% de las que estaban dadas de alta en la Seguridad Social española en 2017 trabajaban en el ámbito doméstico. En el caso de Nicaragua, de las 57.000 personas que habían empadronadas en España en 2020, más de 40.000 son mujeres. La mayoría de ellas trabajan también en labores domésticas.

En este especial compuesto por tres reportajes elaborados en España, Honduras y Nicaragua conocemos las historias de muchas de ellas y de sus familias, ahondamos en la evolución que ha vivido este colectivo en España, en cómo impacta en sus hijos e hijas una separación que puede durar años, así como en la percepción que tienen en los países de origen del valor de su trabajo.

La llamada transnacionalización de los cuidados, la expulsión de las mujeres de los países empobrecidos para desarrollar trabajos de cuidados en los enriquecidos, no va a cesar mientras no se reduzca la desigualdad entre el Norte y el Sur Global. Una desigualdad que la pandemia de COVID-19 y sus consecuencias socioeconómicas ha vuelto a disparar. 

HONDURAS: UNA JUVENTUD QUE AVANZA A COSTA DE LA AUSENCIA DE SUS MADRES

Texto:  Jénnifer Ávila Reyes | Contracorriente    Fotos: Martín Caliz  | Contracorriente

Rebeca tiene 54 años y vive en San Pedro Sula en el norte de Honduras. Ella se quedó sosteniendo el hogar que dejó Karla, su hermana menor cuando decidió emigrar a España. Karla dejó a su cuidado a tres hijos adolescentes. Ese 8 de noviembre de 2016 que se despidieron, Rebeca sintió el peso que caía sobre su espalda: lograr la estabilidad de la familia mientras Karla conseguía un trabajo en España, y lidiar con el vacío que dejaba en sus hijos. Pero Karla y Rebeca ya tenían su familia partida por la migración, de siete hermanas: tres están en Estados Unidos, donde también está el esposo de Rebeca. Las relaciones a distancia no eran nuevas para ellas. 

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En España habitan unos 57.403 nicaragüenses, de los cuales 40.718 son mujeres que trabajan, en su mayoría, como asistentes domésticas. Estas mujeres envían mes a mes dinero a sus familiares, quienes los usan como salvavidas en Nicaragua, un país precario, para comer, vestir, pagar hipotecas y salir adelante pagando un precio emocional alto: el de la separación de las familias, en especial de madres e hijos.

Es difícil que Lesbia Esquivel olvide esa despedida. Su hija, Ana María Sánchez Esquivel, partió en 2019 para España en busca de trabajo ante la precaria situación económica de Nicaragua. El viaje pudo ser posible porque ella empeñó su casa para costear el boleto, y para tener dinero de bolsillo al llegar a destino. Más que alivio, la oportunidad de migrar fue incertidumbre en ese momento. Aunque habían escuchado que en el país ibérico abundaba el trabajo como asistente del hogar, las posibilidades eran cuestión de suerte. No solo corría el riesgo de quedar varada lejos de su país, sino de perder la vivienda ubicada en el departamento de León, en el occidente nicaragüense, al no poder pagar al banco.

Los primeros meses de Sánchez fueron duros y, en algunos momentos, agónicos. Primero llegó a un pueblo cercano a Barcelona, donde cuidó a una anciana que falleció al poco tiempo. Después buscó trabajo en Zaragoza sin éxito y decidió reubicarse en Madrid. En la capital española pudo estabilizarse y lo primero que hizo fue enviar dinero a su familia. En León, su madre respiraba con alivio. Había con qué pagar la hipoteca de la casa.

“El salario que Ana gana en España se distribuye entre el pago de la deuda para liberar su casa de la hipoteca, la colegiatura de su hijo menor y una ayuda de cincuenta dólares para mí”, dice Lesbia, quien siempre pone en primer orden la vivienda. “Cuando Ana tuvo problemas para encontrar trabajo, su esposo me ayudó a pagar el colegio de Rodrigo, su hijo menor”, relata la madre.

Sánchez dejó cuatro hijos en Nicaragua, pero solo los dos menores dependen del dinero que ella gana como trabajadora doméstica en Madrid. La madre de esta migrante es abuela y tutora a la vez. Lesbia se las ingenia para poder mantener a sus nietos en un país donde los servicios básicos y la canasta básica suben cada mes, y no se corresponden con la media del salario básico promedio (unos 150 dólares mensuales). De hecho, Sánchez tuvo que migrar porque estaba ahogada financieramente.

La mujer dejó Nicaragua en medio de una profunda crisis sociopolítica que el país vive desde abril de 2018, cuando estallaron las protestas contra el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. El oficialismo respondió con suprema violencia a las manifestaciones pacíficas, lo que derivó en “una masacre” de 325 personas asesinadas, según organismos de derechos humanos nacionales e internacionales. La irresolución del conflicto sumió a esta nación centroamericana en una recesión económica sin precedentes, con caídas porcentuales de hasta el 8%, que provocaron legiones de personas desempleadas. Entre 2018 y 2019, más de medio millón de personas se quedaron sin trabajo en Nicaragua, de acuerdo a la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides).

Al igual que Sánchez, miles de nicaragüenses emigraron a Costa Rica, España, Estados Unidos y otros países. El número de nicaragüenses empadronados en España pasó de 26,000 en 2017 a más de 42,000 en 2020. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de España, el número total de nicaragüenses a enero de 2020 es de 57.403. Un dato llamativo es que de esa cifra, 40.718 son mujeres.

INE, 2020: Estadística del Padrón Continuo. Datos provisionales a 1 de enero de 2020. Población extranjera por país de nacionalidad, edad (grupos quinquenales) y sexo

Para las mujeres, España es uno de los destinos predilectos desde antes de la crisis sociopolítica de 2018. La oferta de trabajos domésticos en España es abundante y es tentadora, porque una mujer puede ganar como mínimo 950 euros al mes de promedio. La mayoría de las ofertas como trabajadoras domésticas son en modalidad de “internas”, es decir que las mujeres no gastan en hospedaje porque viven en sus plazas laborales. Algo que Sánchez experimentó en Madrid y de esa forma, trabajando hasta en los feriados y días libres, ganaba el mayor dinero posible para enviarlos a Nicaragua.

En León, Lesbia recibe la remesa con ansias. “Si el niño se enferma yo presto dinero y luego ella me paga”, ejemplifica la madre de Sánchez, una jubilada que recibe una pensión básica. Pese a las vicisitudes económicas, las remesas de Sánchez han servido para proyectos más trascendentales que solo pagar la deuda de la vivienda.

Farley, el hijo mayor de Sánchez, estudió economía en una universidad pública de Managua, capital de Nicaragua. El joven no se sintió a gusto con la educación y decidió trabajar para poder pagarse una universidad privada, a sabiendas que las remesas que envía su madre no dan abasto para una mensualidad universitaria. Aunque logró terminar la carrera, con su salario no podía pagar el trámite de la titulación. Las remesas de Sánchez fueron salvavidas. “Su mamá le ayudó. Ya estando en España, le mandó dinero mensual para que fuera pagando… hasta que logró sacarlo”, rememora Lesbia.

Lesbia Esquivel y su nieta realizan una videollamada con Ana María Sánchez, quien descansa tras su jornada laboral como empleada doméstica en Madrid.

PESE A LA PANDEMIA, LAS REMESAS NO MERMAN

El coronavirus golpeó a España con furia. Los contagios y muertes alcanzaron niveles que paralizaron la economía. Los migrantes nicaragüenses sufrieron el golpe. La pandemia acrecentó el desempleo. Sin embargo, parte de las trabajadoras domésticas lograron conservar sus plazas de trabajo. Eso se refleja en las estadísticas del Banco Central de Nicaragua (BCN): en plena crisis sanitaria, hubo un aumento de las remesas provenientes de España en 2020. En el primer trimestre llegaron 72,4 millones de dólares. Esa cifra, según el BCN, creció 27.5%, con respecto a igual período de 2019 (US$56.8 millones).

España es el tercer país que genera más remesas para Nicaragua, por detrás de Estados Unidos y Costa Rica. El Servicio Jesuitas para Migrantes de la Universidad Centroamericana (UCA) asegura que España, aunque al otro lado del Atlántico, es una alternativa ideal para las mujeres migrantes. Primero por la saturación de nicaragüenses en Costa Rica, y segundo por las fuertes regulaciones migratorias en Estados Unidos. Un nicaragüense puede entrar sin visado al país ibérico por el Espacio Schengen, aunque los requisitos de entrada han sido endurecidos ante la afluencia de exiliados a partir de 2018.

El Servicio Jesuitas para Migrantes sostiene que para las mujeres nicas es más fácil integrarse en España, porque existen redes sociales, familiares o amistades que les permiten viajar y establecerse. Igual que le ocurrió a Sánchez: Ella fue seducida con la promesa del trabajo doméstico por una cuñada. La economía nicaragüense depende en gran parte de las remesas. Son pilares fundamentales de las familias en Nicaragua: el 75% de ellas se destinan al consumo, siendo los principales rubros o gastos la alimentación, ropa y calzado, servicios básicos, colegiaturas, hipotecas, entre otros.

Heidy Pavón, una mujer de 27 años que trabaja como interna en un chalet en Madrid, envía entre 600 y 700 euros mensuales a su familia en Río Blanco, un municipio del norteño departamento de Matagalpa. Unos 200 euros son destinados para alimentación de sus padres y su hija de 10 años, quien es criada por los abuelos. El resto de la plata de Pavón es usada para pagar deudas, ayudar a otros familiares, y hasta hace poco logró pagar la hipoteca de la vivienda. Al igual que Ana María Sánchez, esta joven tuvo que empeñar su casa para cruzar el Atlántico.

“Desde que estoy en España nos ha cambiado la vida como familia. Pude pagar las deudas que tenía mi papá, la hipoteca y pude terminar de remodelar la casa”, relata Pavón. “Mensual les mando para alimentación 200 euros, aparte un salario para la persona que les ayuda en la casa a ellos, el internet, y luego los gastos de mi hija, como su ropa y esas cosas… estando yo en Nicaragua, no sé cómo estaríamos viviendo. Porque con lo que se gana en Nicaragua, da con costo para medio comer”.

Con la mayoría de las deudas saldadas, Pavón ha comenzado a invertir en la compra de terrenos. Tiene fe que en “cinco años la situación en Nicaragua mejore” para poder regresar y tener un negocio propio. “Quiero construir otra cosa y comprar ganado para que cuando vuelva tenga con qué sostenerme, y no trabajarle a nadie más”, dice Pavón.

El sueño de Pavón es compartido por Jossy Vallejos, una nica que reside en España desde hace ocho años. Ella ha trabajado en el área de servicio doméstico y ya ve los frutos de sus esfuerzos en Nicaragua. Con una de sus hermanas logró comprar un terreno amplio en el que planea construir una cuartería y quizás, más adelante, comprar otro terreno más y hacer lo mismo. “Así, cuando regrese a Nicaragua, ya no voy a trabajar y voy a poder vivir de las rentas”, aspira Vallejos.

Lesbia Esquivel quedó a cargo de su nieta, después que Ana María Sánchez se fue a España.

El gran precio que estas mujeres pagan no solo es la nostalgia por sus familiares, sino estafas y el maltrato laboral que muchas denuncian. Sin embargo, soportan para poder enviar remesas a Nicaragua. Ese precio también lo resienten sus familiares.

“La separación es el problema”, enfatiza Lesbia Eaquivel, la madre de Ana María Sánchez. “Ella le hace mucha mucha falta al niño menor. A cada rato el niño me pregunta si lo quiero… y yo le digo que claro que lo quiero. Él me abraza, se me recuesta y todo niño que hace eso es por falta de cariño, por la ausencia de su mamá”, dice la abuela.

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